Aracné



Me gustan las memorias escritas por poetas. Regalan una prosa exquisita, elegantemente pulida y esmerada en la exactitud. La prosa de los poetas (no me refiero a la “prosa poética”, esa es otra asignatura bastante más espesa), posee por lo general la sutileza del poema y la artesana delicadeza de la literatura que se construye con obsesión por la pulcritud; todo lo cual es muy de agradecer en estos tiempos en los que cualquier escribano, curtido en la bulliciosa rudeza de Internet, despacha novelas como quien revienta petardos en las fiestas de su pueblo.

También me gustan las memorias escritas por poetas porque suelen acudir (oficio obliga), a una encantadora, a menudo candorosa “lirización” (con mis disculpas por el palabro), de su propia experiencia personal. Si tuviésemos que creer literalmente lo que cuentan esta clase de memorias (y sobre todo: cómo lo cuentan), las vidas de los poetas serían, a nuestros ojos, una especie de arrebato continuo en la contemplación extática de lo bello, sus formas y sus huidizos rastros. Un delirio de visiones arrebatadoras. Un festín de sensualidad y un exceso emocional, todo ello contenidamente expresado, lo que nos revertiría la imagen del poeta como ser “tocado” de una gracia insólita, semidivina y misteriosa. Las vidas de los poetas contadas por ellos mismos, ay, son las mentiras más bellamente urdidas y más deliciosamente narradas que pueden encontrarse en la literatura contemporánea.

Este libro, Aracne, de José Antonio Moreno Jurado posee ciertamente el don de la elegancia y, sin embargo, está concebido desde el rechazo a la lindeza de cualquier impostura. Es el testimonio sincero, conciso, a veces crudamente expresado, de una vida que el autor ha dedicado con sobrada generosidad a la poesía y el arte literario, sin esperar nada a cambio. Todo en Aracne es un reconocimiento incondicional del amor a la literatura, expuesto desde la soberana, humilde y al mismo tiempo digna posición de quien todo lo ha hecho “por amor al arte”, y esa ha sido, ni más ni menos, su maravillosa recompensa.

Rara avis en el gremio, Moreno Jurado no ha frecuentado los cenáculos donde se reparte de gratis y con descarada arbitrariedad el oropel literario. No medró en la universidad porque es uno de esos docentes, estudiosos e investigadores honestos que tienen mucho que decir y mucho que enseñar, pero muy poco que ofrecer y menos aún con qué compensar la melosa avidez de estos ámbitos de la “cultura” (aquí las comillas van puestas muy a propósito). No es un poeta y un investigador de mercadeo, sino de los que encuentran y ponen su saber y hallazgos a disposición de quien quiera gozarlos. Ese pecado, el de la generosidad, ha mermado sin duda sus posibilidades de hacerse un nombre importante (mejor dicho, resonante), en el pequeño y exigente universo de la poesía oficial. Mas, en compensación, le ha posibilitado ser un poeta en pleno uso de la libertad, oxímoron que por desgracia viene a cuento. Y desde esa libertad, la radical independencia de quien no debe nada a nadie y, a la recíproca, parece con pocas posibilidades de dar a cambio más que su experiencia y su saber, está escrita Aracné, un libro delicioso cuyo argumento es tan simple como asombroso: la vida de un poeta. Nada menos.

A José Antonio Moreno Jurado, vecino de Sevilla de toda la vida (salvo forzadas ausencias por motivos de su profesión), no le gusta la Semana Santa. Aborrece la iconolatría de las masas que desborda cada primavera las calles de su ciudad. Le perturban la hipocresía tumultuaria del popular-catolicismo, la injerencia de la iglesia y el pensamiento mágico-religioso en la vida cotidiana y en la sociedad civil, los mitos sobre el más allá que confortan a sus congéneres ante la evidencia de la muerte como tránsito inevitable; no es asiduo de círculos literarios, como ya se dijo; no se deja mimar por las instituciones, no hace la rosca a los editores, no compra sus propios libros masivamente para asegurar sucesivas ediciones y, acaso, algún que otro premio literario, de esos que se otorgan por el más noble de los sentimientos, que es la amistad. (Impagable resulta la anécdota de Munárriz/Hiperión y el poeta que compraba sus ediciones conforme salían imprenta, para repartirlas por bibliotecas, diputaciones provinciales, institutos, etc). En fin, ya se dijo antes: Moreno Jurado es un individuo singular, raro, en este mundo tan previsible del “hoy por ti mañana por mí” donde se refocila la poesía española contemporánea. Y con estas credenciales, ya me dirán ustedes qué puede esperarse de un poeta que ha pasado la vida dando clases de literatura, estudiando y divulgando la obra de Odiseas Elitis, amando a quien a veces lo merecía y a veces no y, sobre todo, siendo un escritor comprometido con la única virtud que exige absoluta entrega: la propia obra.

Puede esperarse algo como Aracné, un libro colmado de espontaneidad, franqueza y lucidez. Uno de esos libros de memorias (pocos, muy pocos), que llaman a cada cosa por su nombre y, encima, aciertan.

Si usted gusta de conocer la verdad (no la leyenda, olvídese del mito), sobre la trastienda literaria, y además le apetece acercarse al periplo personal de una persona razonable y sincera que escribe con la maestría de un consumado (y consagrado) autor, no se pierda estas memorias. Al final le quedará un pellizco en el alma, pero tendrá la impresión, como yo la tuve, de que algo hemos aprendido sobre conceptos hoy en desuso: la honestidad, la coherencia y el desinterés por la única causa que nos hace en verdad ser dignos y libres. Eso es literatura.

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