El ¿poder? de las redes sociales



Unos delincuentes asesinan a una adolescente. La madre de uno de los implicados acude a un programa de telebasura, cobrando un buen dinero por organizar el espectáculo con los deleznables ingredientes de toda esa mugre y esas cantidades abusivas de miseria moral.

Arden las redes sociales. La presión de los internautas consigue que los patrocinadores publicitarios de ese programa se comprometan a no anunciarse más en el mismo. Una de las marcas es Campofrío.

El presentador del engendro, en su twiter, lo explica de la siguiente manera. “Una marca de embutidos ha conseguido una campaña de publicidad gratis”.

Es posible que así sea, que los internautas no tengan capacidad para influir sino para mostrar tendencias a las grandes corporaciones industriales, mediáticas, financieras o políticas, de modo que los amos del sistema ajustan el contenido de sus mensajes a lo que el público quiere escuchar de ellos. Y todos siguen haciendo su negocio y todo continua como estaba, aunque de mejor rollo.

Pero hay un parámetro de interacción entre los mismos internautas que no puede alterarse. Un valor que no puede dirigirse hacia la optimización de recursos, ni siquiera reorientarse hacia la manipulación publicitaria: la decencia humana, la cual no tiene valor de cambio y, sin embargo, posee un inconmensurable valor de uso. Esa mercancía, por su propia naturaleza, nunca podrá estar en el mercado.

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