Deja al gurú y vente conmigo


Sólo quienes teníamos (y supongo que seguimos teniendo), un organismo y una psique intolerantes al haschis, sabemos el suplicio que suponía hacer vida social en aquellos años y en determinados ambientes. Tarde o temprano aparecía el coñazo de turno con su china (o con aceite afgano, o goma doble cero, muchísimos peores), y todo el mundo estaba poco menos que obligado a fumar en corro. A los que el haschis nos daba mal rollo, paranoia, ansiedad e incluso agitación, se nos miraba como a bichos raros, sospechosos de reaccionarismo y en cualquier caso convictos de una espantosa conducta: cortar el rollo a los demás. Eran tiempos de ideologías fuertes, mas la experiencia cotidiana y doméstica de aquellas ideologías totalizadoras nos devuelve un recuerdo instalado en la sorna, la misericordia y la sonrojante sensación de haber estado haciendo el ganso durante unos cuantos años. No demasiados, por fortuna.

Toda novela tiene un núcleo primigenio, de índole vital; el aliento decisivo que la ha inspirado y que no pertenece necesariamente al meollo del argumento, la intención, alcance, significado o indagación sobre lo real que pretende el texto. Más bien responde a una necesidad de reconciliación con aquellos imponderables que turban o han turbado la existencia del novelista y que no siempre son de origen racional. El inconsciente, muy a menudo, pide responsabilidad en la tarea de la novela, como avasallante susurro que la sugiere y casi la ha impuesto. En el caso de Sin noticias de Acuario, hay una incertidumbre, cierto desasosiego que recorre toda la narración y que no se ajusta de manera automática al retrato que Reyes García desarrolla sobre los últimos tiempos del franquismo. Al margen de la inquietud intelectual y espiritual de casi todos los personajes de la novela, y de la zozobra colectiva que se vivía en aquellos años (1974/75), empapa esta novela un atisbo de malestar, de desacomodo con la vida y todas sus facetas, el cual, tan inmisericorde como invisible, acompaña a Isabel, la protagonista, en una trayectoria marcada siempre por la indecisión, quizás la inseguridad sobre todo lo que hace o deja de hacer, lo que piensa y en lo que cree, o aquello en lo que debería creer. Desde este punto de vista, Sin noticias de Acuariome parece más una novela existencial, de introspección sobre el sentido de una juventud entregada a una causa,  que generacional. La descripción del cataclismo familiar que supuso el fin del franquismo, observada con indudable lucidez y expresada con soltura y amenidad por Reyes García, se antoja entonces “fondo de decorado”, perspectiva general donde se enmarca la búsqueda y la paciente indagación de la protagonista sobre esa verdad que debería otorgar una razón decisiva a su existir.

Porque eran tiempos en los que necesitábamos, ante todo, certidumbre. El viejo mundo se venía abajo, ante nuestra mirada, y el empecinamiento del Régimen en ser fiel a sí mismo hasta el final, descolocaba del mapa a todos cuantos sabíamos que una nueva sociedad estaba naciendo, así como nuevos valores, ideas, convicciones y motivos para creer que comprometieran nuestra actividad diaria. Pero, ¿dónde encontrar puntos de referencia sólidos cuando todo lo que no fuese oficial, y en consecuencia llamado a extinguirse, estaba prohibido? Ni en el seno de la familia, ni en el instituto, ni en las aulas universitarias (con alguna que otra excepción), se encontraba aquella respuesta. Los amigos eran el primer asidero. Casi el único. Y sucedía entonces que el ambiente de las amistades determinaba en grado casi exclusivo las opciones que cada cual, según su criterio y entender, tomaba en esos momentos. Cuántos militantes de izquierdas, adeptos a filosofías integralesy otras opciones interpretativas del mundo tomaron su vía por la influencia de la amistad, es algo sobre lo que habría merecido la pena reflexionar en esos tiempos. Pero, claro, estábamos tan ocupados en buscar la certeza que no teníamos tiempo de interrogarnos sobre las causas de dicha búsqueda. Ah, la juventud siempre se muestra intelectualmente inquieta, pero también impresionable, lábil y, permítanme la expresión, demasiado generosa en sus entregas.

Isabel, personaje de Sin noticias de Acuario en torno a cuyas vicisitudes se articula el argumento, recorre tanto y siente tan profundo su propia experiencia y las de sus amigos que esa entrega, señalada por la urgencia y la clandestinidad, la convierte en algo sin sentido: un ser fuerte que camina decidido sobre terreno que sabe engañoso. Le prometen la felicidad en este mundo, traída de la mano de la paz universal gracias al mensaje irrefutable del Maestro Perfecto. Ella, si no escéptica, siempre se muestra razonablemente en alerta hacia estos axiomas descabellados. Y lo mismo ocurre cuando se relaciona con aquellos que tomaron la opción de la lucha política. Impagable la reunión “de reclutamiento” de la Joven Guardia Roja. Desde luego, en los macroencuentros de adoración al gurú Mahara Ji se predicarían muchas insensateces, pero en un sola reunión de las juventudes del PTE (en mis tiempos PCE[i], soy un año mayor que la autora y lo he notado leyendo la novela), se proponen tal cantidad de disparates y burradas que la reacción de Isabel, poco menos que salir corriendo, parece no sólo la más acertada sino también saludable en consideración al equilibrio mental. Como un servidor, entre otros pintorescos partidos, perteneció a la inefable LCR, sabe bien de lo que habla y la mezcla de espanto y vergüenza ajena que tuvo que sentir Isabel en aquel carbonario encuentro.
Al final, después de tanta búsqueda, sinsabores, aventuras, decepciones y acopio de conocimiento (in)útil, el mejor consejo, quizás enseñanza que recibe Isabel, proviene de un enamorado que ha tomado dos copichuelas de más: “Deja al gurú y vente conmigo”.

Cierto, hubo que aprender que no estábamos obligados inexorablemente a cambiar el mundo, que el franquismo podía morir sólo y sin nuestro aporte a la causa, que la democracia y la nueva sociedad podían nacer a pesar de no haberse implantado la dictadura del proletariado, ni la Luz Divina y la Paz Universal; nuestros padres no irían a un campo de trabajo y reeducación y nuestros hijos no se educarían en colegios donde el canto de la Internacional fuese obligatorio antes de entrar al aula, presidida por las fotografías de Marx, Engels, Lenin y... Pero había que aprender a vivir porque, hasta ese momento, sólo habíamos recibido abundante instrucción en cuanto a soñar. Y buenos alumnos salían de aquellas academias de la utopía.

Tampoco era tanto el drama. Pero a algunos les costó una tragedia darse cuenta y asumir las consecuencias de todo aquel embrollo. Y no hablo ahora de la autora de Sin noticias de Acuario.

Bueno, resumiendo, que esto se alarga casi tanto como las agonías del Caudillo. Si usted tiene más de cincuenta años y no se identifica con alguno de los personajes de esta novela, y no le conmueven, y conforme avanza la lectura no le aflora una sonrisa de piadosa complicidad... entonces usted no ha sido nunca joven. O no vivió en España, en aquellas épocas.

El asunto del haschis y los malos rollos lo dejo para otro día, porque tiene mucha miga y da para siete artículos como este. Como tantas cosas en la vida, el chocolate puede esperar.

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