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La creación de un mito

Hace unos treinta años, el Centro Universitario de Akron, Ohio, organizó un experimento. Habilitaron una jaula de dimensiones considerables, adaptada para que en su interior pudiesen convivir doce chimpancés, machos y hembras. Los cuidadores, durante las primeras semanas, los atendían con todo esmero, alimentándolos, observando su estado de ánimo y salud pero sin mostrarles signos de afecto para que los primates no se encariñasen demasiado con ellos. Cuando los chimpancés estabilizaron su convivencia, pusieron en medio de la jaula una escalera bastante alta, de tijera y anclada al suelo con sujeciones metálicas, a fin de que se mantuviera firme y sujeta, tan erguida e imponente como un ónfalos, o sea, ombligo y centro del mundo para los chimpancés en aquella jaula que, en realidad, se había convertido en su único mundo. Dejaron la escalera allí un par de días, mientras que los simpáticos monos iban familiarizándose con el artilugio.


Al tercer día, un cuidador entró en la jaula, subió a lo alto de la escalera y dejó en la tarima superior un enorme, sabroso e irresistible racimo de plátanos. En cuanto el tipo salió de la jaula, los chimpancés corrieron escaleras arriba para hacerse con los plátanos. Uno de ellos, triunfante, lo tomó para sí y mostró sus dientes a los demás. Era su presa y por tanto su posesión. En ese mismo instante, los cuidadores pusieron a funcionar cuatro mangueras de agua a toda presión, empapando a los chimpancés excepto al que había conseguido el racimo de plátanos. A los chimpancés les fastidia mucho mojarse, el largo pelo tarda mucho en secar, pasan frío y se encuentran incómodos, tan incómodos como querían los investigadores que se sintieran.

Al día siguiente se repitió la operación, y al otro, y así durante una semana. Al octavo día, cuando el cuidador dejó el racimo en lo alto de la escalera, algunos chimpancés se abalanzaron contra quienes pretendían trepar y hacerse con la fruta. Chillaban, gruñían, golpeaban e incluso llegaron a morder a alguno de los más obstinados en repetir la ceremonia de uno-come-los-demás-se-joden. A los pocos días de observado el nuevo comportamiento, todos los chimpancés vigilaban celosos, iracundos, para que ninguno de ellos subiera a la escalera en busca del racimo de plátanos. Ninguno de los chimpancés admitía que otro del grupo subiese en busca de los plátanos. No hacía falta cambiarlos hasta que estuviesen demasiado maduros, y en ese lapso de tiempo a ninguno de los monitos se le ocurrió romper la norma, aprovechar cuando los otros dormían o algo semejante, entre otros motivos, me figuro, porque los tenían bien alimentados.

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La segunda parte del experimento consistió en reemplazar a un chimpancés. Sacaron de la jaula a un veterano e introdujeron un nuevo inquilino, el cual, lo primero que hizo, fue ventear los plátanos y subir por la escalera. Los demás se echaron sobre él y le dieron una tremenda paliza. Así dejaron pasar otros dos días. Al tercero, se repitió el cambio de chimpancé. El nuevo divisó el tesoro frutal, fue hacia la escalera y los demás le dieron el correspondiente correctivo, incluido el primer chimpancé de recambio, que nada sabía de los manguerazos de agua con que se castigaba a los perdedores en el juego de trepar la escalera y comer plátanos. Con sucesivos cambios, durante un mes, se llegó a la siguiente situación: todos los chimpancés de la jaula eran nuevos, ninguno había sufrido los baños a presión, ninguno había comido ni la cáscara de un plátano y todos apalizaban a quien osara acercarse a la escalera maldita. Fin del experimento. La escalera y los plátanos son un tabú sagrado, y violarlo se castiga con implacable violencia.

Ha nacido un mito.

Y ahora, la verdad verdadera:

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