Policía malo, político bueno

Llevan toda la vida haciéndolo. El truco es más viejo que los Juegos Reunidos Geyper pero les sigue funcionando. Y qué bien lo aprovechan.

Lo recuerdo desde que tengo memoria para estos asuntos, cuando era joven, feliz y con poquitas luces. Tal como clamaba mi abuela cada vez que su nieto tenía líos con el régimen de don Francisco, yo no era malo sino todo lo contrario: “un ángel”. Sospecho que esta catalogación de ser angelical era la fórmula sutilísima que utilizaba aquella buena mujer para definirme como tonto de remate.

Yo no me daba cuenta, claro. Porque tontos de remate éramos muchos, cientos, a veces miles de estudiantes dispuestos a invadir la calle, correr delante de la policía, gritar las consignas que hubiese que gritar y lanzar alguna que otra pedrada. No volcábamos contenedores de basura porque en esos tiempos no se estilaba el reciclaje y, la verdad, teníamos un mobiliario urbano muy reducido. Éramos palestinos en precario, sin contenedores para montar barricadas ni cajeros que incendiar. Una vez, entre siete u ocho manifestantes, expropiamos un enorme tablón de una obra y nos dirigimos hacia el núcleo de la contienda. Cuando nos vimos ante los antidisturbios, sujetando aquel maderamen que pesaba como el ataúd de un jugador de la NBA, no supimos qué hacer. El instinto dictó lo más razonable: soltar el peso muerto y salir por piernas. Como habría dicho don Álvaro Cunqueiro, en su relato de las aventuras de Agustín de Rivadavia: “Salvéime de miragre”.



Pero bueno, ya estoy con las batallitas y me había propuesto hablarles de un truco más antiguo que los Juegos Reunidos Geyper. En aquellos tiempos, igual que en estos, operaba de la siguiente manera: mientras un montón de cándidos contestatarios (la mayoría adolescentes embriagados de bondad y devastados por el laberinto teórico del materialismo histórico), irrumpíamos en la calle, insultábamos a la policía y nos exponíamos a que nos partiesen la crisma o algo bastante peor, ellos, los apalancados en la poltrona académica, enquistados en su plaza funcionarial, en los despachos profesionales, claustros universitarios y aulas de los institutos, ellos mismos, nuestros máximos dirigentes, quienes no podían correr ni delante ni detrás de la policía porque les pesaba la barriga, hacían planes sobre el futuro. No un futuro a largo plazo, claro está, sino sobre el futuro inmediato. Mientras la carne de cañón se la jugaba en la calle, ellos pensaban y echaban cuentas: un acta de diputado por aquí, una alcaldía por allá, una presidencia de diputación por acullá... y, evidentemente, negocietes y canonjías por doquier. Infinitas sinecuras aguardaban a quienes habían sabido esperarlas en la tranquilidad y seguridad de sus cobijos. Total, faltaban cuatro días para que el dictador expirase, un par de años como mucho para que la situación política en España estuviese normalizada (y tanto que la normalizaron), y era cuestión urgente para cualquier concienciado sin prejuicios izquierdistas (y a ser posible sin escrúpulos), ir tomando posiciones. Los imagino ahora, a ellos, los líderes en la clandestinidad, las mentes pensantes, los "intelectuales orgánicos"... Tantos años después pienso en ellos, intento repintarles la jeta, figurarme lo que sentían de verdad cuando nos oían hablar en las reuniones y asambleas, escuchando a “las bases”, su carne de cañón, conjeturando y parloteando con toda naturalidad sobre la dictadura del proletariado, la democracia popular, el frente obrero, la alianza estratégica entre las fuerzas del trabajo y de la cultura... No sé cómo se aguantaban la risa. 



Ha pasado mucho tiempo, pero el truco sigue siendo efectivo (no sé si he dicho ya que es más antiguo que los Juegos Reunidos Geyper). Cada vez que los opulentos de la izquierda tienen problemas en las urnas, recurren a lo práctico y sencillo: lanzar a la juventud contra la policía. Es vistoso, espectacular, y la causa que se defiende en tumulto siempre concita la general simpatía. Los jóvenes son generosos y audaces en el esfuerzo, dan bien en pantalla y gozan de la encantadora presunción de valentía y desinterés. La policía, por el contrario, parece un objeto de reproche moralmente autorizado, personas a las que se puede insultar de mil maneras, llamarles “fascistas”, “terroristas”, “hijos de puta”, sin que nadie sienta el mínimo recato, sin perder un segundo en reflexiones sobre la inconveniencia de llamar “fascistas” a quienes tienen por obligación ineludible defender nuestro estado de derecho, tarea en la que se aplican, comúnmente, con un esmero que ya desearíamos en los palestinos con mobiliario urbano del que echar mano en sus protestas; o el cruel disparate de llamar “terroristas” a quienes, precisamente, han sufrido en propias carnes la herida real, la sangre real y la muerte real causadas durante vergonzosas décadas por el terrorismo de verdad. Esos policías calificados de “fascistas” y “terroristas” por un puñado de estudiantes en pleno delirio mimético de exóticas intifadas (versión sin riesgo), han sido compañeros, amigos, familiares de personas de carne y hueso literalmente destrozadas, asesinadas por el peor terrorismo que hemos padecido en España durante la era democrática. Son gente que al salir a la calle cada mañana, antes de llevar a sus hijos a la escuela, miran debajo del coche por si hubiese algo pegado en forma de lapa. Son ciudadanos teóricamente iguales a cualquier otro en dignidad y derechos, aunque durante años y años han tenido que vigilar muy atentos cada vez que entraban o salían de casa, no fuera a ser que a algún valeroso luchador antifascista le hubiese entrado el capricho de incrustarle una bala en la cabeza. Iguales son ante la ley, como todos los españoles (lo dijo el rey, causa conclusa); pero se les puede insultar a demanda, llamarlos “cabrones”, “pistoleros”, “asesinos”, y no pasa nada. Creo que va en el sueldo. Y ahí están, aguantando con paciencia profesional y temple digno del mejor calificativo que se me ocurre, cívico, las injurias bisoñas de los bisoñísimos protestones; tragándose el “vosotros, fascistas, sois los terroristas” como quien traga arena en el desierto, pidiendo las cosas como hay que pedirlas, “por favor”. Y sí, también debe decirse: utilizando la fuerza como se les instruyó en la academia para estas ocasiones: con medios proporcionados al daño que se pretende evitar y la situación ilegal que se intenta remediar. Quien les colgó una porra de goma al cinto, no lo hizo para que adornase. Sé que esta última frase es de una impopularidad escalofriante, que me voy a ganar setenta u ochenta mil vituperios, entre los que “facha de mierda” va a ser el más suave. Me importa un celtas corto. Con demócratas como los que campan durante estos días en Valencia, ser facha es casi una liberación.



Contentos pueden estar, pues, los apoltronados, apalancados de nuestra sedicente izquierda. El histerismo y la demagogia, al fin, alcanzan los obligatorios niveles de vergüenza ajena que deseaban. Han conseguido tensar la convivencia, enrarecer el ambiente, violentar el latido cotidiano de una ciudad hasta llevarla a la situación perfecta para ellos: al niño de las rastas acaban de partirle la boca y su mamá llora en Tele5. La carne de cañón sigue estando dispuesta, en primera línea, impasible el ademán. Lástima que el mundo y la vida funcionen por impulsos generacionales y que la experiencia no pueda transmitirse de uno a otro reemplazo de manera automática. Si tal imposible fuese posible, muchos se lo habríamos advertido: “No te canses, muchacho; sé que tienes razón en tus justas reivindicaciones, pero entérate, no estás en la calle con un chichón en la cabeza por protestar contra los recortes en educación, ni por una enseñanza pública de calidad, ni contra la política económica de ningún gobierno. Estás en la calle, con un chichón en la cabeza, porque un espabilado que viste de traje, gasta la 54 de pantalón o la 55 de falda, conduce un BMW y viaja cuatro veces al año a Cuba por lo erótico, necesita seguir chupando del bote; y resulta que otros espabilados, seguramente más espabilados que él, le están cortando el grifo de sus chanchullos. Por eso estás en la calle, corajudo mozo (o moza), con un chichón en la cabeza y las manos desnudas. Por eso están también los policías, con un casco en la cabeza, una porra en las manos, una nómina de mil euros en el banco y un “hijo de puta” en tus labios. Porque entre chichones y porras, a escote, hay mucho Rolex de sindicalista que pagar y mucho Audi de concejal que mantener. Ya te digo: el negocio es más antiguo que los Juegos Reunidos Geyper”.

No te canses, joven airado y muy indignado. No te canses porque el juego es el de siempre.


(Vídeo: cómo empezó todo. La actuación de la policía fue calificada de "brutal" por distintos, que no diversos, medios).


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