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Ávido como un valenciano

Leí la comparación en “El cementerio de Praga”, de Humberto Eco. “Ávido como valenciano”. La verdad es que describe bastante bien ese espíritu apetente que caracteriza a los únicos (últimos) fenicios que quedan en el ancho mundo.

Ellos, mis amados fenicios, surcaban los mares para comerciar o hacer la guerra, pero el mismo mar era un ser vivo para ellos, el dios Océano, y a su voluntad entregaban la suerte de cada flota y cada nave. El destino no estaba escrito, ni siquiera estoy seguro de que tuviesen una idea aproximada sobre el significado de esa palabra. Lo que nosotros entendemos por destino, el futuro mejor o peor vislumbrado de los individuos y los pueblos, dependía para ellos de la voluntad caprichosa de dioses por completo humanizados, hechos a imagen y semejanza de quienes los forjaron en barro y bronce: Melkart, Dagón, Moloch... Dioses de bronce y barro convertidos en Supremos, los cuales representaban aquello que los nautas púnicos temían o ansiaban. Yo creo que el inconsciente de cualquier hombre contemporáneo continua habitado por esos Melkart, Moloch y compañía, pálpitos de un mundo extinguido para la historia aunque imperecedero en el espíritu humano: el caos, la codicia, la conquista y la seducción. El deseo. Cartago es la exquisita culminación del primer y más poderoso sentimiento que brota en el alma de los pueblos y en cada individuo: justamente, el deseo. Roma, la gran dama de la aterradora razón, es el orden que se impone tras aniquilarlo. Un poco la muerte.

Hace un par de noches, en una serie de TV, adaptación de la novela “Entre naranjos” de Vicente Blasco Ibáñez, volví a encontrar una poderosa ráfaga de esa vida que sonríe y muestra terribles dientes de oro. Clama el personaje (Germán Cobos), a la vista del ubérrimo naranjal y de las muchachas en azahar que faenan la fruta: 

“Rajar la piel con las uñas, o a mordiscos... y chupar la frescura de la pulpa”. Por Eshmún que a los fenicios del norte les queda el nombre. A los del sur, el alma. Tan ávida.

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