Alguna verdad incómoda sobre la crisis

Bueno, pues ya están las cifras de desempleo por encima de los cinco millones, casi un 14% de la población; ya tenemos el coste del combustible en niveles copernicanos, los precios de los productos básicos como si fuésemos millonarios, el consumo en desplome, el crédito desaparecido en combate, las listas de morosidad engordando cada día (comprometiendo fatalmente al consumo futuro, cuando “salgamos de ésta”, que de ilusión también se vive); la burbuja inmobiliaria no se desinfla porque los bancos, dueños de casi todo el ladrillo-basura, se empeñan en no perder lo que en su día no ganaron más que a base de especulación. La Seguridad Social es menos segura y menos social, el Estado del Bienestar un recuerdo y “las políticas sociales” una rémora insostenible de la que nuestro gobierno (y cualquier gobierno imaginable en esta situación), no sabe cómo desembarazarse de golpe, aunque sabe que tiene que quitársela de encima. Y para colmo de males nos nacionalizan REPSOL en Argentina y eliminan al Madrid y al Barça de la Champions. Ya estamos donde temíamos: peor que hace un año y sospechando que el próximo será aún peor.

Ya hemos protestado por activa y pasiva, jurado en arameo y mentado la madre a todo posible responsable de la avería. Cada cual a su manera ha expuesto el diagnóstico y algunos, incluso, aventurado el tratamiento. Se ha intentado “a la islandesa”, “a la griega” y “a la tunecina”, con “primaveras de...” incluidas en la receta. Ha habido un cambio de gobierno, una huelga general y más manifestaciones en seis meses que en los últimos dos lustros. La prensa y los medios de comunicación mantienen alerta permanente sobre los indicadores económico/financieros, Internet y especialmente la blogosfera y las redes sociales arden cada dos por tres, desde el yerno del rey a presidentes de comunidades autónomas van pasando a presencia judicial (y lo que queda); la gente se indigna, las calles se abarrotan y suenan las caceroladas... y todo continúa igual, es decir: con tendencia a empeorar. Denota el feeling colectivo cierto cansancio, síntomas de agotamiento y quizás desmoralización. Señalar lo evidente en el origen de los problemas no es garantía de que vayan a resolverse. El poder y quienes manejan los resortes del poder recurren siempre, con experta maestría, a la disociación cognitiva cuando la verdad afecta a sus intereses, eso que la gente llama “privilegios”. No se enteran porque no quieren enterarse. No toman medidas eficaces porque les repugna transgredir el concepto de la política como “arte de explicar por qué los problemas no pueden resolverse”. No se plantean ni de lejos cambiar o remozar el sistema porque viven opíparamente instalados en esta casa en derribo, y lo demás les trae al pairo.

Sabemos de sobra lo que nos pasa y por culpa de quién. Pero nada cambia (quiero decir que nada cambia a mejor). Las situaciones de crisis mantenidas indefinidamente y sin atisbos razonables de solución degeneran en pudrición social, decía el viejo teórico. Y por camino derecho a esa pudrición social nos dirigimos sin que aún nos hayamos hecho la única pregunta que, desde mi punto de vista, falta en el acertijo. José Antonio P. Walfrido, (Verdades incómodas sobre la crisis. Quimerilandia. Abril de 2012), adelanta algunas reflexiones que me parecen bastante atinadas. Escribe: “[Achacar] la crisis económica y sus consecuencias a voluntades externas, alejadas del ciudadano y opuestas a su voluntad, puede ser una actitud correcta para comprender la esencia de este conflicto, pero se manifiesta completamente ineficaz como alternativa”. Línea de argumentación que está muy en consonancia con la exposición de Hans Magnus Enzensberger, en su ensayo Política y delito (Seix Barral, 1968), cuando afirma que nadie, ni los estados ni las civilizaciones ni los individuos, puede eximirse permanentemente de analizar su propia responsabilidad en aquellos hechos decisivos de la historia y del propio presente que los implican.

Quizás sea ésta una de las causas por las que nuestra crisis parece no tener fin (me refiero a la crisis española en concreto, abstrayéndola de tempestades en nuestra “zona”). Los ciudadanos, quienes deberíamos haber efectuado hace mucho una revisión autocrítica (horrenda palabra, lo lamento, no se me ocurría otra), sobre nuestra aportación a la debacle, por vía colaborativa o de anuencia, o por simple indiferencia, continuamos manteniendo las posiciones más sencillas y, por tanto, más inoperantes. Todos, yo el primero, nos hemos adherido a una de estas tres soluciones para explicar el sentido del naufragio:

a).-Me importa un comino mientras a mí me vaya bien.
b).-Toda la culpa es de los demás, yo no soy responsable de nada y tengo derecho a quejarme por todo.
c).-El mundo es así y así funciona, y como no puede hacerse nada para cambiarlo, esperemos que lleguen mejores tiempos.

Estas actitudes son muy comprensibles en una sociedad como la española, donde el sentido de pertenencia a una colectividad social (“comunidad” en terminología identitaria), es prácticamente nulo (hazañas futbolísticas aparte). Por tanto, los problemas de los demás, tanto los que les afectan como los que ellos mismos generan, nunca son asunto propio. La simple sugerencia de una salida “a la alemana”, considerando la lucha contra la crisis como una tarea “nacional”, resulta un absurdo en esta esquina del mundo, pues ni siquiera tenemos claro a qué nación pertenece cada cual. (Bueno, los nacionalistas sí lo tienen claro, pero como les sobran “convicciones” y les falta precisamente “su nación”, el resultado viene a ser el mismo).

Al final, después de dar vueltas y vueltas a la noria para sacar arena, retornamos al punto de partida: las naciones fuertes como Francia, Alemania, el Reino Unido... van capeando el temporal mejor que peor. En España... lástima, fallamos en el enunciado: una nación fuerte tiene primero que ser nación. Y eso, aquí, ni está ni se le espera. Cada país es desgraciado a su manera (con perdón por el parafraseo de Tolstoi); hablar de las desgracias de otros no tiene sentido, pero señalar la nuestra puede alcanzar, acaso, el beneficio de la sinceridad. La crisis es de emergencia económica, pero también política. Incluso en la sentencia con que la historia nos está castigando, existe una cruel incoherencia: cuando hablamos de que “España está en crisis”, el sujeto de la oración es borroso, apenas tangible, evanescente. Y una frase sin sujeto, ya sabemos que nunca puede funcionar.

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