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¡Habló el castellano!

Total, que voy por la contorna del río paseando al perro y el puñetero perro se pone a hacer en el césped lo mejor que sabe aparte de comer; y estando el animalejo en la maniobra escucho el vozarrón de un gallego hiperbólico, frondoso de habla, desaforado de aspecto y esmeradamente ágil en denuestos propios de este grande reino. Para entendernos: un gallego que parece recién escapado de cualquier libro de Cunqueiro. El cual individuo (notable persona sin duda), lanza al desgaire semejante comentario:

-Los señores de ciudad traen sus perros para que se caguen en este pueblo.

Como estaba de buen humor y súbitamente me he puesto de mal humor, mi respuesta ha sido rápida y, la verdad, demasiado contundente. Avasalladora, sin intención de avasallar a nadie. Aunque, como era de esperar, el hombre ni se ha inmutado mientras soltaba mi discurso. Y al concluir la soflama, me ha contestado con toda su retranca:

-¡Habló el castellano!

La madre que lo parió. Aún estoy dándole vueltas a la cabeza, pensando qué responderle.

Debería de haber una ley que prohíba a los personajes de Cunqueiro ir sueltos por el mundo, estropeando el rumor de cosquillas en el espíritu con que los dueños de los perros se solazan mientras pasean por la contorna del río. Mientras los perros defecan sobre la acogedora hierba de este grande reino.

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