La vida del dromedario

Los dromedarios y otros bichos vegetarianos tienen un estómago complejo, en el caso de estos pseudorumiantes dividido en tres partes bien diferenciadas, algunos en cuatro, cada cual encargada de su precisa y delicada función y todo acorde al objetivo fundamental de estos animales: hacer una buena digestión. Su cerebro, por contra, es simple como el mecanismo de un sello. Se compone, a saber, de materia gris, masa neuronal y partes blandas, y todas ellas, en rudimentaria conjunción, sirven para cosas muy básicas: saber cuándo tienen hambre y sed y cuando les place irse de dromedarias.


El ser humano está mal hecho (en comparación con los rumiantes por lo menos). Nuestro estómago es un único y recio saco sin fondo en el que cabe casi todo lo que se le eche. Prueba de lo anterior es que hay gente que come tres o cuatro veces al mes en McDonald's y continua gozando de perfecta salud. El cerebro, por contra, lo tenemos fraccionado, más bien laminado en segmentos refinadísimos y, a qué negarlo, bastante vulnerables: el yo, el ego, el superyo, el subconsciente, el ego social, la mente físico/anatómica, el entramado neuronal, los conductores neuroquímicos... un cafarnaún con tendencia a averiarse cada dos por tres, proclive a las interferencias, sobre todo entre el yo consciente y el inconsciente. Con frecuencia un desastre. Y encima el mantenimiento es tremendamente oneroso: experiencia, sentimientos, emociones, pasiones, gozos y llantos, dolor y dicha, amores y decepciones, celos, envidias, euforia, cordura y delirio. Y ansiolíticos y antidepresivos. Una pasta gastamos a lo largo de la vida en ese órgano tan complicado, tirano y rumiante. Porque, eso sí: el muy cabrón rumia, como cualquier dromedario. Lo leí en otro día en un libro de psiquiatría (quizás fue en el prospecto de un fármaco, no recuerdo bien, la memoria es otro cigüeñal que había olvidado); "rumiación de ideas", decía el texto docto. O sea, que los humanos somos capaces de hacer la digestión de un cocido maragato pero necesitamos rumiar alguna que otra idea de vez en cuando. Chapuza.

Mal, muy mal hechos estamos. Y encima a ver quien se hace cargo de las reclamaciones. El maestro armero, me comentan, está de baja indefinida por depresión desde que Freud se hizo cargo del invento y le arruinó el negocio.

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