Vértigo

Ayer comí en La Coruña, cené en Valencia y dormí en un hotel muy céntrico, muy moderno y muy caluroso. Hoy he desayunado en Santiago, he estado de mudanza en Arteixo y esta noche dormimos en una casa que no es la casa donde vivíamos ayer. El viaje relámpago a Valencia para mantener un encuentro con el club de lectores del Colegio de Abogados (Los fantasmas del Retiro siguen dando guerra), ha ido a entrometerse en estos afanes más bien estresantes del cambio de domicilio.


La buena noticia es que ya podemos disfrutar de servicios tan básicos como Internet y telefonía fija (mis abuelos la tenían en los años 50 del siglo pasado; nosotros, hoy, en según qué lugares de Galicia, no podíamos). Lo malo de todo el trajín es que me encuentro agotado y un poco desorientado. La vida, a veces, da unos acelerones tremendos. Y uno, la verdad, a estas alturas disfruta más de la bicicleta que del turbodiésel.

Por lo demás, todo en orden. "Lo demás" es el perro, maldito bicho: se ha acostumbrado a nuestro nuevo apartamento antes que yo. Ahí lo tenemos, ronca que ronca, como un sultán en su harén de almohadas y bolitas de pienso. Como un perro-tortuga que llevase el caparazón por dentro. A veces me da envidia de él. Otras veces, también.

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