Dolce fare niente

Tenía que haber hecho un montón de cosas esta mañana de sábado, pero la he dedicado a nada. Toda la pereza del verano se me ha acumulado de pronto: las horas de avión sin pegar ojo, las noches de escribir hasta las tantas y luego madrugar para que el perro no eche de menos su paseo matutino; las siestas perdidas (es un decir), de excursión por los alrededores en compañía de Sonia y de mis hijos, tan dispuestos siempre a caminatas (ellos) y a no cabecear a la hora de la digestión (Sonia).
Las tumbadas al sol que no he podido dedicarme a pesar de que la playa está a cinco minutos de casa, porque en este reino de los suevos si no llueve es porque va a llover; los libros que no he podido leer echado en el sofá, como si durmiera en la imaginación de otros y sus gozos y pesadillas fuesen mis sueños; los miles de kilómetros en coche (tal cual), entre La Coruña, León y Asturias que hemos recorrido en los vaivenes de la preboda, boda y postboda. Los anocheceres tardíos y los amaneceres en el aeropuerto, los bostezos de mañana y despejarme las neuronas a base de Cocacola sin azúcar, té rojo y chocolate negro... Todo ese cansancio acumulado ha llegado hoy, ataviado de nostalgia. La virtud de no hacer nada ha despertado... Y con qué benevolencia la he dejado entrar en mi habitación.

Mañana será domingo, y el lunes, seguro, otro día y otra semana. Hoy, lo dicho: nada. Lo dijo el sabio: a quien no hace nada no se le puede pedir más.

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