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No veo, no oigo... casi no hablo

No presto atención a los noticiarios de TV (total, lo que más me interesa es la predicción meteorológica, que nunca acierta ni tiene que ver con los nublos y frescos perennes de esta parte del mundo donde ahora habito); no escucho los informativos de la radio, no leo la prensa, ni digital ni en papel; cambio de canal si, zapea que zapea, encuentro una tertulia de esas en las que cuatro o cinco enteradillos hablan de la prima de riesgo. No sé ni me apetece saber sobre este circo. No puedo pasar ocho horas al día durmiendo y dieciséis atiborrándome de información indignada o indignante. Hasta el gorro estoy de la crisis, de los analistas de la crisis, de expertos en solucionar la crisis, de víctimas de la crisis, de movilizaciones contra la crisis, de salvapatrias y robinhood's anticrisis, de expropiadores de supermercados y caraduras que aprovechan la crisis para autorizarse moralmente después de haber chupado del bote durante lustros y décadas, exprimiendo con gusto los néctares del mismo sistema que hoy se desmorona. Que les den dos duros y se metan su crisis por donde no calienta el sol.


Dos cosas malas tiene esta crisis inacabable: la crisis en sí y la cantidad de demagogia, santurronería y estupidez que ha desatado, popularizando el berrido como expresión exquisita de malestar hacia el (des)orden del mundo. Los que hasta ayer eran esclavos felices de la libertad se levantan airados, investidos de razón y justicia, para denunciar el fiasco de un sistema que ya no les funciona. Y los mismos y las mismas que les vendieron el mejor de los mundos, les venden hoy el peor, y todos contentos. Lo importante no es solucionar los problemas sino tener razón. Porque toda esa gente (no imaginaba que fuesen tantos, la verdad), pueden vivir sin la paga de navidad, con el sueldo congelado, reducido... Incluso en el paro pueden resistir (les guste o no, no les queda otra); pero hay algo de lo que jamás estarán dispuestos a desprenderse: la pesunción de superioridad moral. Tremendo: los incondicionales del monovolumen y las vacaciones en Cancún se han reconvertido en guerrilla urbana. Tremendo, pueril y bastante risible. Con estos revolucionarios (el alcalde Gordillo a la cabeza, por favor), hermosa revolución nos espera.

Justamente es lo que les sobra: la fe estomacal en la justeza de su causa y los caprichos de su cabreo. Justo eso y nada más que eso es lo que nos entorpece a todos para empezar a superar el cataclismo, si es que fuese posible. Y si no, tan contentos, oye... Que a mí este naufragio me importa lo mismo que la letra del himno de Portugal.



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