Ya es septiembre

La verdad es que en el noroeste hemos tenido un verano como un banquete quevediano: sin principio ni fin. Y ahora todo queda en suspenso hasta septiembre (como en los tiempos estudiantiles).

Ha sido un verano de brumas, días frescos y noches frías, y de apetencia por la vida sobre todo; por las personas que componen en carne y hueso el único mapa posible de mi existencia.
Sonia tuvo la idea (no sé si del todo sensata), de contraer matrimonio conmigo el mes pasado.

Un viaje al Egeo, demasiado corto para nuestro gusto, fue la tregua que concedimos a las nubes de Finisterre y el clima seco y frigorífico de León. Durante ese viaje descubrí que aún soy capaz de manejar un scooter a toda potencia, aguantando los arrechuchos del viento que barría todos los caminos de la isla. Eso anima.

También me ha animado la visita de Julio, Manolo y Estefanía. Hemos visitado algunos lugares que les apetecía conocer y hemos ido a la playa, a tomar la sombra. Al final, lo que más les ha gustado de esta esquina del mundo es el clima. Pobres hijos míos, de regreso al calor almeriense... Espero que ellos me compadezcan cuando llegue el invierno.



Ahora, como ya es septiembre, toca trabajar un poco. Ayer me llegaron las galeradas de La Hermandad de la Nieve, casi dispuesta para salir a librerías en unas semanas. He tenido que aparcar el artículo que había empezado a escribir acerca de Munch, el alma pintada, de Fuensanta Niñirola, un libro que es un tratado sutil y muy ágil sobre el arte como manifestación espléndida, demoledora, del malestar humano; quizás del trastorno, porque hablamos de Munch y no de otro.



Por lo demás, Interregno ha llegado a la página 800, y lo que queda. Si la obsesión por una novela y las horas que se le dedican pudieran ponerse en valor... Pero no se puede. Aquí, lo que tiene precio es la etiqueta más IVA. Y lo que nunca podrá pagarse: lo rematadamente y felizmente cansado que me encuentro cada vez que termino una sesión de escritura. Ni falta que hace que nadie lo pague, ya se sabe: la devoción no es obligación. Pero con qué generosidad me retribuyo a mí mismo, y cómo me compensa cuando doy cuenta a Sonia de por dónde va el argumento y le anuncio: "Hoy no tengo noticias luctuosas que darte, no ha muerto nadie en la novela". Y ella sonríe con paciencia, esperando que acabe de redactar la última parte de la narración para leerla y ponerme todas las pegas que se le ocurran. Ni mi cansancio ni esa sonrisa tienen precio. Su valor es incalculable.

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