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Beatus ille, más o menos

Lo que verdaderamente tiene de bueno retirarse unos días al campo es que uno se entera sólo de lo que quiere. Ni siquiera lo que nos interesa tiene por qué interesarnos, y casi todo puede dejarse para "cuando volvamos"; o para nunca, esa nada gentilmente perpetua que es destino óptimo para la mayoría de los compromisos que nos atontan y la inmersa mayoría de la información que se cuela en casa sin pedir permiso.

En este último amago de no estar, creo que simulacro legítimo de felicidad virgiliana, sí me he enterado (porque he querido), de que dos amigos seguirán siéndolo para siempre... aunque ese siempre alcanza ahora la dimensión  literal y tan rotunda, muy desconcertante, que el morir pone a los asuntos de este mundo. Uno fue compañero de editorial (Ediciones B); en cierta ocasión agarramos una profundísima y muy literaria curda, discutiendo sobre el peluquín de un divo de la literatura que nunca publicó en las mismas editoriales que nosotros aunque estaba abonado a los saraos y canapés de todas. El otro fue compañero de periódico (IDEAL de Granada), y aunque nunca bebimos una copa juntos (para mí que era abstemio o casi), seguro que más de un tanganazo tuvo que tomarse más de un granadino fino para calmarse los nervios tras algunas "campañas" que sutilmente organizábamos en la prensa local.

Pero ya no están. Es lo que queda.

Por lo demás, he sido fiel al principio pascaliano de la desaparición (en el sentido difunto de Matías Pascal): no levantarme antes de las once, no discutir con nadie antes de las doce y tener la digestión hecha antes de acostarme. E intentar ser feliz o cosa que se le pareciera. Si he salido con bien del propósito, es asunto de importancia relativa. Aquí, como en el deporte de bajo nivel: intentarlo es lo que vale...

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Capítulo primero del ensayo Ciberadaptados, de Antonio Manilla, publicado por la editorial La Huerta Grande (2016).





La hora de Bizancio



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