Maldito Proust

Si el miércoles comemos en Villamaría (Busdongo de Arbas), y el menú consta de guisantes con jamón, ternera guisada y arroz con leche; y el jueves preparo un arroz gloriosísimo y de postre hay bizcocho casero más glorioso todavía y tan glorioso que no paro de zampar bizcocho durante la tarde/noche; y el viernes, camino de Gijón, volvemos a Villamaría porque Sonia se quedó con ganas de pote y yo me pido menestra y filetes de ternera y tarta de queso; y el sábado nos invita a comer la tía Elí y mientras su prima Marina relata su devoción por Intereconomía nos embuchamos unas alubias pintas con chorizo y unas carrilleras de ternera que son medio prodigio medio milagro, y de postre un flan con nata como una plaza de toros; y el domingo Toño Llamas y Albina nos invitan a una barbacoa y comprobamos que, en materia de barbacoas, unos crían fama y otros cardan lana de verdad, porque no hemos probado asado de más enjundia en mucho tiempo, y de postre hay helado de dos clases y de las dos clases, por orden y con método, me pongo como un gocho... ¿Pues qué quieres? Llevo quince días a barritas de muesli, té rojo, zumo de melocotón y uva y, de vez en cuando, cuando las hambres aprietan, una magdalena.

Sin ir más lejos, ese ha sido mi desayuno de hoy: un té y una magdalena. Faramio dice que es un desayuno "muy literario". Tal cual lo ha dicho: "Muy literario". El hijoputa.

PS./ El perro, que no está a dieta, se ha zampado el papel de la magdalena. Lo que me da que pensar. ¿Qué leches hizo Proust con el papel de su magdalena? Porque a lo mejor ahí había otra búsqueda de otra cosa perdida que no fuera el tiempo.