La reina de las dos lunas

Hay novelas de ambientación histórica para pasar el rato, entretenerse y, acaso, gozar la  ilusión de que se aprende con amenidad sobre épocas que nos atraen o directamente nos fascinan. (Lo de aprender es bastante relativo porque la novela, ante todo, es un género de ficción y no conviene que la historia determine la ficción, de por sí libérrima;  ni que la ficción desvirtúe lo histórico).

Hay novelas de ese estilo, decía. Y hay novelas para adentrarse en la literatura de primera línea, casi prescindibles los etiquetados ("histórica", "fantasía", "negra"). Qué difícil definir El siglo de las luces o Bomarzo como novelas históricas. Qué difícil encuadrar sin más la última novela de José Manuel García Marín en el género sin añadir de inmediato que La reina de las dos lunas es, por encima de cualquier otra consideración, una inmensa novela. Y no le hacen falta más calificativos.

Y además se puede disfrutar de la recreación histórica, aprender sin temor a que la imaginación del autor y su pericia narradora nos deslumbres con el espejismo de supuestos hechos históricos que nunca existieron. No es el caso. La documentación es rigurosa y se administra con maña experta, sin abrumar, sin concesiones al circunloquio o el excurso, sin alardes. La documentación sirve a la acción e intención literaria de la obra, transpira a lo largo de la narración, subraya los episodios más memorables... Todo en un discruso perfectamente estructurado y en el que intervienen con esmerada eficacia los universales de la literatura, aquellos que hicieron proclamar a Monterroso "Todo está dicho, nada está escrito": el viaje, la fatalidad, el aprendizaje, el amor, el desvelamiento, el destino... Todo está dicho, lo importante es saber contarlo. Y José Manuel, sabe.

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