Si una tarde de octubre un niño...

Al niño que nunca ha dejado de existir hay que escucharle siempre y dejar que se desenvuelva de vez en cuando. Hay que dejarlo montar en bicicleta, zascandilear por la playa, mojarse las zapatillas en el océano un poco rabioso, huir de las olas, jugar con la arena...

Si no lo escuchas y no le das algún capricho de vez en cuando, el niño se olvida de ti. Y entonces estás perdido, amigo. Lo dice Faramio y lo digo yo. Lo dice la maravillosa Ana María Matute: Los niños que ya no están y que no han muerto, ¿dónde viven?

Esta tarde de octubre, luminosa, templada, uno de ellos estaba localizable. Y cumpliendo con su única obligación: existir.




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