Absolución

Ayer iba escuchando la radio, mientras conducía y me las arreglaba con los semáforos. Suelo sintonizar siempre Radio Nacional, porque me gusta y porque la tengo memorizada y su botón es el que queda más mano según se cambia de marcha. Escuché una entrevista en El Ojo Crítico con Luis Landero. Acaba de sacar novela, como siempre en Tusquets. Se titula Absolución y según declaraba el autor la narración versa sobre la felicidad y el sentido de la vida. Landero, como acostumbra, me regaló la posibilidad de una sonrisa colmada de ternura. Una sonrisa solitaria, aislado en el interior del automóvil, en medio de la ciudad. Una sonrisa que no tuvo más remedio que aflorar y, desde luego, ser muy sincera.


Conocí a Landero en 1991, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Por aquel entonces yo era un escritor casi incipiente. Había publicado una novela (laureada y lo que se quiera, pero UNA). Él, también una, pero esa UNA era Los juegos de la edad tardía. Durante alguna de nuestras charlas me confidenció algo que hoy casi todo el mundo sabe: su intención era titular la novela como "El Gran Faroni"; pero los criterios editoriales se impusieron. Como siempre.

Ha pasado el tiempo, veintiún años. Sí, sí que ha pasado. En aquel entonces Landero era un morenazo de 45 primaveras, con voz de actor y todas las trazas de "llevárselas de calle". Yo era un poco más joven, andaba por los 35, y como nunca he envidiado a otros escritores sino que más bien he intentado aprender de ellos, de Landero envidiaba su presumible capacidad para, en efecto, "llevárselas de calle". Y nada más. Y nada menos.

Qué sensación como de nostalgia y afirmación en uno mismo, en lo que ha sido y ha querido ser, sentí ayer, escuchando a Landero. Si después de veintiún años sigue (seguimos, para qué nos vamos a engañar), en la misma interrogante, la felicidad y el sentido de la vida, eso quiere decir dos cosas: que el Gran Faroni tenía razón cuando se obsesionaba por "el afán"; y dos: que el asunto es como la Conjetura de Goldbach, apasionante, visible ante nuestras narices, insolente como un pijama de cuadros y sin solución posible.

Con esa idea detuve el coche, aparqué a la primera, apagué la radio y salí a caminar un rato. "La felicidad y el sentido de la vida ...", pensaba. Me acordé de un artículo de Fernando García Tola, leído hace también muchísimos años: "Cuando me pongo a pasear me da por pensar en el sentido de todo esto... y acabo tomándome un valium".

Pues vaya a la salud de Landero.

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