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El cementerio sin muertos

El pasado lunes, paseando por Santiago con Xosé Antonio López Silva y su mujer, Ana, descubrimos que no hay en el mundo un lugar más desolado, fantasmal, que un cementerio sin difuntos.

Xosé Antonio es un gallego que transpira la vieja sabiduría de esta civilización al puro noroeste, entre brumas como como canciones antiguas
y cielos del color de las narraciones fantásticas; y al mismo tiempo es un hombre de nuestra época, involucrado en la cultura como voluntad universal de razón y belleza, dos cosas que son en el fondo la misma cosa.
Citarnos con él y con Ana se convirtió en una pequeña, apasionante aventura, tanto por la ilusión de la ida como por las peripecias del regreso, perdidos Sonia y yo en caminos inverosímiles, en la noche de brujas y en medio de bosques donde lo natural habría sido que nos saliera al paso el bandido Fendetestas con su secular grito de guerra: "¡Alto ahí, me caso en Soria!". Finalmente, el navegador dio con la ruta adecuada. Le costó pero lo consiguió. Aquí la vida no es fácil.

En Santiago, paseando y charlando de las últimas publicaciones de Xosé Antonio ("De santos y milagros", inédito de Cunqueiro, y la traducción de "El libro de cocina" de Alice B. Toklas, y de alguna cosa mía que también acaba de aparecer en forma de libro... En fin, entre un tema y otro acabamos en el parque de San Domingos de Bonaval. Ana, que conoce la zona perfectamente porque hasta hace nada ha trabajado allí de bibliotecaria, nos enseñó los entornos y el famoso cementerio de restos trasladados. No había percibido la potestad dramática de un paisaje desde hace años, cuando visité en compañía de Antonio Enrique el poblado fantasma de lo que fueron instalaciones mineras en Alquife (Granada). La maquinaria,viviendas y almacenes abandonados tienen su misterio, pero los nichos y las tumbas dejados de la mano de Dios tienen un quién sabe de vacío sideral, como de lamento sin forma y llanto sin propósito, como plañir por la vida porque se echa de menos la muerte, que da sentido a todo.

Un cementerio vacío es el lugar más inútil del mundo. Y el más sobrecogedor. La representación de la muerte en puro concepto, representada pero no encarnada, como elemental recordatorio de nuestro sic transit, resulta de una lógica un poco cruel. Un cementerio sin difuntos es tan absurdo como la vida sin la perspectiva de la muerte, la que cohesiona y otorga razón a nuestro paso por este mundo. El cementerio que no es un cementerio de San Domingos de Bonaval es tan rotundo, en este aspecto, como el aserto clásico: Ex nihilo, nihil.



Por cierto, me contaba Xosé Antonio que el auténtico problema que se planteó con el traslado del cementerio no fue el escatológico/metafísico (eso son garambainas de escritores). Lo que fastidió a muchos es que sus familiares y allegados difuntos fueran a mezclarse democráticamente con a saber quién. Al parecer, hubo un curioso trasiego de huesos y cenizas en Santiago, en espera de que la administración resolviese el contencioso.

De todo lo cual deduzco que un cementerio vacío es un paisaje infinito y también una ocasión estupenda para la infinita capacidad humana de olvidar el presente y aferrarse al privilegio del pasado. El nombre y los apellidos pesan más que la eternidad, decían los legatarios de los huesos y restos embalados para la mudanza. ¿Será verdad?

Como diría Xosé Antonio, a la gallega: Será...

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