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La amistad de la nieve

Estaba la noche fresca, más bien tirando a fría. Hablo del frío de León, no de cualquier frío de esos que caen por ahí como anécdota entre horas, sin marchamo conocido ni futuro con posibles. El frío de León es como la carrera de ingeniería de minas: muy difícil de trasponer, para toda la vida y de incierto provecho dados los tiempos que corren. Y como en estos tiempos todo (casi todo) es bastante precario, lo mejor fue acogerse a lo seguro, la amistad de quienes me arroparon en la presentación de La hermandad de la nieve, los que compartían mesa y los presentes en el público.


Estaba fresca la noche y encima nos dedicamos a hablar de nieve, la de León, la de Granada, la lejana y soberana que sirve de paisaje y la que nos viste de diario. La nieve de los caminos y la que está siempre en la memoria y ya nunca es excepción sino, como dijo no sé quién, una forma de estar en el mundo. Si el patriarca Álvaro de Bayos sabía "de nieve más que nadie", los congregados en la librería Artemis, el martes pasado, lo sabíamos casi todo sobre los nombres de la nieve (todo lo que hay que saber, se entiende).

Porque la nieve es como la amistad: si le quitas el silencio se queda en medio nada. Y si intentamos arrebatarle su misterio, el fracaso está cantado. Hay cosas que, de puro evidentes, no pueden ser explicadas.

Del blog de Bruno Alcaraz

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