Ciclogénesis explosiva

Mi madre decía que donde más a gusto se está es dentro de un coche cuando llueve. Ella, que nunca supo conducir, debía de imaginar el interior de acogida y seguridad de ese coche en compañía de mi padre, quien condujo toda su vida por todas las carreteras de España (lo que más hizo: conducir y tener hijos); en su compañía e, imagino, con la orquesta en los asientos posteriores de tres o cuatro niños dando la tabarra, como era costumbre. Eso, para ella, significaba estar a gusto. Mejor que en ningún otro sitio: junto a los suyos y con la carretera por delante, el mundo por recorrer, la vida por transitar. Ya podía llover fuera porque nosotros, dentro, estábamos a salvo.

Me he acordado de ella esta mañana, mientras contemplaba desde el ventanal del dormitorio la fuerza con que el viento y la lluvia vestían los cielos de gris, este día tan lejano en el tiempo, tan distinta la vida a cuando mi madre proclamaba candorosa su predilección por la confortabilidad del coche surcando horizontes de lluvia. Los meteorólogos llaman al fenómeno de chubascos huracanados que recorre Galicia "Ciclogénesis Explosiva", lo que quiere decir, más o menos, que el viento es muy capaz de tumbar árboles y que si salimos a la calle el paraguas no sirve para nada: la lluvia acosa por cualquier ángulo y lo más seguro es que el paraguas acabe desarbolado, como el velamen de un navío roto a jirones en plena tempestad. Ese viento y esa lluvia caen hoy por estos nortes.

Ya no están ellos, ni padre que conduzca el coche bajo la lluvia ni madre que me aleccione sobre lo "a gusto" que se está dentro. Pero dentro sigo, en nuestra casa, en compañía de Sonia (por lo general suele conducir ella, yo sólo tomo el volante si no queda otro remedio); y sigo recordando a quien he amado, a las personas que tienen plaza perpetua en las esquinas de mi alma, con asiento a resguardo de la lluvia. Mientras Sonia escucha su música favorita (a su cantante preferido), y conduce sobre las horas de este día largo y como de niebla, pienso en ellos, en si habrá soplado el viento con mucha furia en Almería, si habrá caído un chaparrón de los que son comunes en aquella tierra (los extremos tienden a parecerse), y si Manolo habrá llegado empapado al trabajo o habrá tendio la precaución de coger el paraguas antes de salir a la calle; pienso en Julio (quien siempre ha aborrecido el viento, le tiene una fobia especial), en si habrá ido a la facultad bien temprano, paciente bajo la lluvia y sobrecogido por el viento. Y quiero imaginarlos seguros, a salvo de esta tempestad y de todos los vientos. Y pienso también en que, al final, después de tanta lluvia y tantos ventarrones, las personas que a uno le aprietan en el corazón son las mismas que caben en un coche utilitario: cuatro y como mucho cinco. Lo demás está fuera. Porque bajo la lluvia, en un coche tan pequeño y para un viaje tan largo, cuantos menos mejor.

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