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Lincoln-Marx: Guerra y emancipación

¿Sabía usted que el Partido Demócrata de los Estados Unidos, sí, ese mismo del que hoy es líder indiscutido Barak Obama, era en 1860 el partido de los esclavistas y valedores de la oligarquía rural cuya economía se fundamentaba en semejante modo de explotación? ¿Sabía que el adalid a ultranza de la emancipación de los esclavos negros, Abraham Lincoln, se definía a sí mismo como un “wihg” (republicano) a machamartillo, y que con el apoyo de ese mismo partido alcanzó la presidencia de la nación, combatió por la Unión y abolió la esclavitud? Al final (eso sí lo sabe todo el mundo), pagó con la vida aquella entrega insobornable a los dos grandes principios que rigieron su trayectoria política y acción presidencial: la consolidación de la Unión como una tierra de libertad y la defensa de la igualdad y dignidad de los seres humanos conforme a lo proclamado por la Constitución de los Estados Unidos: “Todos los hombres nacen libres e iguales”.


La política y la historia entrañan a menudo estas paradojas. Y deparan momentos de convergencia (aunque sea únicamente en función de intereses puntuales), entre formaciones políticas e individuos situados en extremos ideológicos completamente opuestos. (No me resisto a poner otro ejemplo, a riesgo de excederme en el excurso: la coincidencia táctica y el apoyo mutuo, en los años 60 y principios de los 70 del siglo XX, entre los movimientos radicales de emancipación de la minoría negra musulmana, con Malcolm X entre sus dirigentes, y el Partido Nacional Socialista de los Estados Unidos).
Con Marx y Lincoln sucede exactamente lo mismo. La propuesta abolicionista de Lincoln y sus partidarios, si bien no fue el motivo principal de la guerra civil americana sí hizo confluir y concitó, como por otra parte era de lógica, la adhesión de todas las organizaciones obreras internacionales, entre ella las AIT presidida por Marx. Lincoln era partidario entusiasta del trabajo asalariado, la libre empresa, la iniciativa privada, el beneficio capitalista... Era un liberal en toda regla, de libro. Marx consideraba el trabajo asalariado como una forma disimulada de esclavitud, la venta de la fuerza de trabajo como “alineación” y el no va más de la explotación (por lo refinado del método, de una perversa eficiencia), y sobre lo que opinaba del capital escribió dos tomos enormes, divididos en seis libros, y en ninguna de aquellas páginas dijo nada bueno sobre él. Sin embargo, la causa antiesclavista unió momentáneamente los intereses de ambos. A Lincoln le convenía cierta “agitación” respecto a la controversia en Europa, sobre todo en Inglaterra, cuyos sucesivos gobiernos (más ultraliberales aún que el propio Lincoln, y desde luego con una perspectiva sobre el asunto protoimperialista) habían apoyado tradicionalmente a los secesionistas del sur, quienes se oponían a la política arancelaria del norte, reclamaban su soberanía para decidir sobre cuestiones “propias” como el modo de producción y el trabajo esclavo, y entre otros desplantes amenazaban con unirse a la órbita de países aliados política y comercialmente con Gran Bretaña (el embrión de la Commonwealth). Esta predisposición a abandonar la nación americana para integrarse en un pacto de soberanía económica y política con la antigua potencia colonial fue, en definitiva, el desencadenante de la guerra. Y una guerra se gana en muchos frentes, de eso también estaba convencido Lincoln. En Marx y la Asociación Internacional de Trabajadores encontró útiles aliados para su “guerra ideológica” en Europa.

Cierto, la política y la historia tienen momentos complejos, contradictorios, “curiosos”. La correspondencia (escueta aunque de sumo interés) entre Marx y Lincoln (1861/1863), es una buena muestra de ello. Y la editorial Capitán Swing ha hecho muy bien en editarla junto con los clarificadores estudios y comentarios previos de Andrés de Francisco y Robert Blackburn y bajo el título de Marx y Lincoln. Guerra y emancipación. Una iniciativa de agradecer.

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