Aprendizaje, de Arthur Koestler

Intelectualmente, fue un periodo de estancamiento. Mi desarrollo espiritual se había detenido a los veintidós años, en el momento en que había empezado a “progresar” y a ascender en la escalera que me llevaba a una carrera laboriosa y próspera. Aquellos días en que me atormentaba la imagen de la flecha partida, el dilema entre la acción y la contemplación, pertenecían ya al pasado y también al porvenir. Mi vida en París, y luego durante el primer año que pasé en Berlín, no careció de agitaciones nerviosas, pero fue espiritualmente vacía. Giraba alrededor de dos polos: el trabajo furioso y una frenética caza de mujeres. 
Desearía que nuestro clima cultural nos permitiera considerar el segundo tema tan objetivamente como el primero, o si no pasar totalmente por alto la cuestión sexual. Pero eso significaría suprimir lo que constituye una parte esencial de nuestra vida y a veces la más esencial; en mi caso, una caza fantasmal que duró unos veinte años. Que se trataba de una caza fantasmal, y no de una cacería de placer, como yo creía, sólo lo descubrí, además de algunas otras circunstancias obvias relativas a mi persona, después de los cuarenta años.

El fantasma que yo perseguía es tan antiguo como el hombre: la victoria sobre la soledad, mediante la perfecta unión física y espiritual. Después de todo, un anhelo modesto. Y por cierto, nada original. Sin embargo, el esquema de nuestra vida depende en gran parte de la forma en que organizamos nuestra caza fantasmal particular. Se trata simplemente de una alquimia del carácter. Mezclar en un mortero una sensación intensa de soledad con una sed obsesiva de valores absolutos; agregar a esto un temperamento agresivo, sensualidad y una sensación fundamental de inseguridad que requiere el aliciente constante de la victoria material; el resultado será sin duda una poción sumamente tóxica.


Sorbe este brebaje de las brujas,
Y toda doncella será para ti una Helena. 



Así dice Mefistófeles, que después de todo es el personaje más comprensivo y simpático de Goethe.

La mayor parte de los hombres son sexualmente promiscuos por instinto; hasta dónde lo son en la práctica depende de la intensidad de su impulso sexual y de la naturaleza de sus incentivos. La mera lascivia, por ejemplo, es un pobre incentivo. El lujurioso casi siempre ve sus propósitos frustrados, porque emotivamente es un avaro, que no quiere hacer gastos considerables por su pasión. La verdadera amenaza para la pasión no es el cínico, sino el necio que ha bebido el brebaje de las brujas. Alguien dijo –creo que fue Plejánov- sobre Lenin: “Si uno habla de revoluciones, piensa en revoluciones, sueña con revoluciones durante treinta años, ningún poder en la tierra podrá impedirle hacer una revolución.” El Lenin de la guerra sexual es Julien Sorel (“Rojo y negro”), decidido a gastar todo su tiempo, su energía, su dinero y su entusiasmo en conquistar a Madame Renaud. Sobre todo posee un fondo casi inagotable de ilusiones. ¿Cómo podría resistir una mujer un par de ojos absortos, en cuyo fondo se ve transformada en Helena?. 



Indudablemente, ese reflejo del fondo sólo es un fantasma. Pero mientras dura la magia de la proyección, el efecto es la beatitud y el éxtasis. En mi caso, el inconveniente era que nunca duraba bastante. Una hora, una semana y a veces algunos meses. Cuando se disipaba, la caza fantasmal empezaba nuevamente. El desgaste emotivo era enorme. Sin embargo, este tipo de gasto no nos empobrece; ni tampoco nos provoca remordimiento o desilusión. Porque la ilusión, mientras dura, es una realidad por derecho propio. La distinción entre lo verdadero y lo falso se refiere a las ideas, no a las emociones; una emoción puede ser barata, pero nunca falsa. De este modo, mientras duraban, y sin considerar cuánto duraba, cada enamoramiento era auténtico y sincero y no dejaba ningún sabor amargo en la boca.

El número de experiencias aumentaba, pero no afectaba la capacidad de ilusión. La ilusión se retiraba simplemente de un objeto y se proyectaba sobre otro, siempre con la misma luminosidad. A veces esto ocurría repentinamente; a veces, por grados imperceptibles; yo no podía dominar el proceso, como no se puede dominar el rayo giratorio de un faro, que infunde a cada objeto que toca una luz única y singular. En la esfera de las emociones parece existir (para cierta categoría de personas y durante cierto periodo de su vida) una ley de rendimiento constante ciento por ciento. Durante ese periodo, la capacidad de generar ilusiones, la facultad de inventar Helenas, por así decir, se mantiene al mismo nivel, sin que ninguna experiencia previa la afecte o la manche. Si se juzga por la frescura y la tóxica inocencia de la ilusión, cada episodio es realmente el primero. La razón es ésta –siempre refiriéndonos a cierto tipo de persona-: que la creación de la ilusión responde a una necesidad tan profunda, inagotable y recurrente como el deseo que siente el morfinómano de su droga.

Esta necesidad, como todo instinto genuino, posee su propia castidad: el tipo en cuestión nunca comparte la cama de una mujer, ni siquiera la de una prostituta, sin creer que está enamorado de ella. Al decir así se refiere a la sensación y a la convicción de estar experimentando algo único, totalmente distinto de todas las experiencias similares del pasado y del futuro, de él mismo y de los demás; algo, en resumen, que lleva el sello de lo absoluto en un mundo de relatividades. La sensación de aparente incomparabilidad es la esencia del todo el problema; enamorarse restaura la virginidad del que se enamora. Por más frecuentemente que se repita, la sed del agua fresca de manantial es siempre una sed virginal y la almohada contigua a la nuestra es siempre la almohada de Helena. Cuando deja de serlo, la castidad se escurre por el caño del cuarto de baño y ya es hora de mudarse a otra parte o de resignarse; pero no de confundir la resignación con la virtud.

Todo se confunde en el mismo leitmotiv, en la misma obsesión. Toda mi vida sufrí de sarampión sentimental: la busca del secreto de la flecha fue seguida por la busca del chamán omnisapiente y luego por la busca de la Utopía. El deseo de abrazar una causa perfecta me convirtió en un Casanova de las Causas; la caza fantasmal de Helena se ajustó al mismo esquema. La forma del eczema cambió, pero la enfermedad siguió siendo la misma; un estado glandular llamado “absolutis”.

Mis amistades con hombres fueron, con poca excepciones, tan intensas y breves como mis relaciones eróticas; y por el mismo motivo. Durante los primeros encuentros con mis nuevos conocidos, si eran dignos de atención, me apasionaba intelectualmente por ellos con suma facilidad; el fantasma de Helena era sustituido ahora por el fantasma del “sabio” verdadero y real, que por fin parecía haber entrado. Del mismo modo, en alguna camaradería recién iniciada con otros vagabundos como yo, o con compañeros de juerga, resurgía el fantasma del compañero de juegos que nunca había tenido y me volvía frenético y ansioso. Estas lunas de miel de la amistad eran seguidas generalmente por una segunda fase, durante la cual la ilusión de disipaba y la nueva adquisición era “devaluada”, como el dinero durante la inflación. Podía ser un escritor o un sabio, un ajedrecista o un conocido del café; el proceso era siempre igual. La familiaridad creciente suscita la capacidad letal de predecir las respuestas de la otra persona; y cuando eso ocurre, la tensión creadora y el carácter estimulante de una relación han terminado. En cuanto las opiniones del nuevo amigo sobre Stendhal versus Flaubert, sobre el sentido de la causalidad, sobre Freud versus Adler, o sobre Moselle versus Hock eran conocidas y predecibles, la curiosidad se disipaba y empezaba el cansancio, además del ansia de trasladarse a otra almohada mental, al verdadero chamán, al verdadero compañero de juegos, que seguramente esperaba al otro lado de la puerta. El proceso de devaluación carecía de hostilidad; pero iba acompañado por una repugnancia progresiva hacia todo intercambio mental con esa persona, intercambio que desde ese momento se volvía repetido, rancio y, por tanto, repulsivo.

Con respecto a las mujeres, este proceso se desarrollaba en el plano físico. Cuando la novedad de la relación se disipaba y la ilusión de singularidad se desvanecía, el efecto normal y neutralizador de la costumbre se hacía sentir a veces con una rapidez escalofriante, como en esas películas documentales que comprimen un intervalo de varios meses en una sola hora. Lo fatalmente predecible de la respuesta provocaba una actitud de indiferente observación, una conciencia destructiva del detalle; y ser actor y observador al mismo tiempo es la muerte de la inocencia. Helena, desprovista de su magia y su misterio, se volvía opresivamente familiar; una hermana, afectuosamente dilecta y tabú para los sentidos; y esto, para ella es el colmo de la indignidad. Cuando uno llegaba a ese estado, la única solución honrosa que quedaba era la huida.



Huí en vano; en todas partes encontré la Ley.

Debo ceder; Puerta, recibe al huésped.

Corazón tembloroso, sométete a tu amo...

A aquel que en mí es más que yo mismo.




Descubrí estos versos de Claudel, el católico, citados en un ensayo de Gilbert Murria sobre La religión de Rousseau. De todos los escritores de memorias del pasado, siento que Cellini es el que está más lejos de mí, y que Rousseau, en cierto sentido, es el más parecido. Si “su vida entera había sido una tentativa de ser él mismo y ninguna otra cosa”, así lo fue la mía; como él, esta tarea me resultó más difícil que cualquier otra; como él tuve que someterme, ya maduro, a algo “que es más que yo mismo”; y mi enunciación de ese algo es justamente la de Rousseau: “Es para nuestras almas lo que nuestra alma es para nuestro cuerpo.”

A los cuarenta y seis años he conseguido despojarme de la capa protectora de mi falsa personalidad más o menos ante la mitad de la gente que conozco; dentro de diez años más espero ser por fin “yo mismo y ninguna otra cosa”. Pero a los veinticinco años, la época que estoy describiendo, sólo podía ser yo mismo con las mujeres a quienes amaba. Para el psiquiatra, la caza fantasmal es meramente un síntoma neurótico y, sin embargo, en un plano distinto, tenía un sentido diferente, porque cada encuentro con la imagen de Helena hacía surgir en mí lo mejor de mí mismo. El rostro que yo amaba era mi verdad contemplativa; en el seno de Helena, como en la Utopía, como en la Causa Perfecta, el tormento cesaba, la flecha reposaba. En su presencia, la timidez y la falta de aplomo se desvanecían, la pose, la sonrisa burlona y la tiesura se disipaban; me sentía descansado, yo mismo, y ninguna otra cosa. Eran tal vez mis únicos momentos de madurez; obtenidos mediante una serie de ilusiones inmaduras. Pero así funcionan esas cosas.

La razón que me impulsó a empezar a escribir novelas mucho más tarde que lo normal está íntimamente relacionada con este tema. Una caza fantasmal de este tipo es un trabajo casi absorbente. Me consumía las pocas horas de descanso que mi exigente profesión me dejaba; a menudo no leía un libro durante varias semanas. Pero la falta de tiempo es siempre un mísera excusa; tal vez sea más verosímil decir que no escribí nada importante desde los dieciocho años hasta los treinta porque empleaba todos los recursos de mi imaginación en esa tarea obsesionante de crearme ilusiones, de transformar la materia prima de la experiencia en la imagen que yo deseaba ver. Lichtenberg ha descrito las obras del místico Jacob Boehme como “un picnic donde el autor pone las palabras y los lectores el sentido”. Si uno se encuentra en un constante picnic de la fantasía no tiene tiempo de cocer su propia comida. La emoción y la intuición, el diálogo y el análisis de caracteres, todos se prodigaban en relaciones vividas. Cuando ya se habían convertido en relaciones muertas, yo no sentía ningún ansia de registrarlas; la experiencia se había consumido y quemado completamente. La escritora rusa Vera Imber dice en alguna parte que “cada caloría producida por el alma sólo puede emplearse en vivir o en crear”. Mis amores durante esos años fueron tantos y tan intensos que mataron el ansia creadora. Las calorías que gasté en ellos habrían bastado para escribir media docena de novelas. Pero habrían sido malas novelas, y en cambio como vida fue excelente.

Hasta ahora –como a menudo me dicen los críticos- las mujeres son los personajes más pobres de mis libros. El motivo es que me gusta cenar con mujeres, hablarles, escucharles y hacerles el amor; pero escribir sobre ellas me aburre.



ARTHUR KOESTLER, Autobiografía

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