A tiempo de callar

Hace un par de años, después de soltarle un rollo breve pero intenso a una sobrinilla sobre cómo deben comportarse los niños en la escuela, la pequeña, que me había escuchado atentamente a pesar de todo (es decir, a pesar de ser el típico tío-raro-de-narices que de vez en cuando viene con chorradas y sermones), me preguntó muy interesada:

-¿Y las niñas?

En ese momento lo supe todo perdido.

Han ganado y por goleada. Si las leyes de la Bondad y Estupidez Universales han conseguido imponerse hasta mediatizar la forma de ver el mundo y comprender la realidad de las indefensas criaturas de nueve años que acuden a la escuela, entonces poco queda por hacer. Callar y resignarse al silencio en todo caso, una actitud más digna que pasar lo que me quede de vida tirando piedras al mar, significándome como un antiguo y un facha (o peor aún, un machista), denostado por los (y las) biempensantes, colocado en el poste de la infamia en ocasiones, ignorado y ninguneado la mayoría de ellas (por antiguo, facha y machista); y en fin para qué seguir. A batalla perdida, retirada en orden. O como decía mi padre, un hombre muy práctico que no hizo el servicio militar por el mismo motivo que yo, falta de espíritu castrense: “Hijo mío, piensa que el soldado que se esconde vale para otra guerra”.

La Estupidez Universal es imparable, siempre se abre paso, es la fuerza más terca del planeta, mucho más poderosa que la contaminación, el calentamiento global, el nacionalismo catalán, las guerras tribales en África, la injusticia social en Polonia, el fundamentalismo islámico y la dictadura castrista. Las plagas antes mencionadas tienen remedio. La Estupidez Universal, no. Nunca se rinde. Nunca se cansa. Nunca afloja. Es recurrente, se regenera a sí misma, se nutre de millones de nuevos militantes cada año. Incorpora generaciones enteras a sus filas, en masa, radicalmente educados (y educadas) en la doctrina más perversa que mente alguna pudo concebir, pues su poder inmenso radica en que no impone ideas concretas sino la forma de pensar. La bestia controla lo humanamente básico, la conciencia anterior, primigenia, inalienable de cada persona, de la que surgen las ideas propias de cada cual. Hasta ahí han llegado sus tentáculos, y en esa caverna sagrada de la individualidad ha adherido la pegajosa seda de araña y no piensa retirarse jamás.

Esa es otra de sus características: nunca se arrepiente de nada, no analiza las consecuencias de nada porque la Estupidez es una implacable moral de los principios, no de la responsabilidad. Por eso nunca duda de sí misma y jamás examina sus propios errores. Al contrario, la diabólica pujanza de esta doctrina se funda igualmente en la contumacia: a más persistencia en el error, más fuerte se hace, más argumentos, más adeptos, más histeria inquisitorial hacia quienes no compartan sus postulados.

Da escalofríos pensar cómo crece ese monstruo, alimentado de su propia esencia, que es la simpleza, y del sacrifico intelectual y espiritual de todas y cada una de sus víctimas, la autoinmolación de miles de millones de seres humanos (y humanas). Es el dios más cruel, más brutal, más tiránico que hayan inventado los hombres (y las mujeres). La Estupidez Universal es la religión más opresiva de cuantas campan por el mundo, por la sencilla razón de que a las demás, más o menos, es libre uno de adherirse, en tanto que aquella es obligatoria para todos (y todas). Y quien no comulgue, aviado va...

Yo me rindo. Ni los caballos de Atila ni los ejércitos de Napoleón, ni los panzers del III Reich ni los silos atómicos de la URSS tuvieron la mitad de la mitad de la capacidad destructiva de la nueva Fe Incontestable. El monstruo crece si no se le combate, pero crece mucho más y más aprisa si se le discute. Y así no se puede. Estas mismas letras, en este humilde escrito, sólo van a servir para eso, para ofrendar nuevos argumentos, más razón, más convencimiento a los cada día más numerosos fanatizados por el mal del siglo y del milenio.

Mejor esconderse y esperar sin esperanza otra guerra.

Mejor es callar ahora y seguramente para siempre.

Callar a tiempo. Antes de que la bestia rastree este artículo, me descubra, me fagocite y me convierta en nocilla, merienda perfecta para dos o tres millones de niños (y niñas) que crecerán muy sanos con las ventosas del monstruo pegadas a sus cerebros.

Adiós. Y haced como que no me habéis visto...

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