Otra ciudad, otra esquina del mapa, otro mar...

Sonia y yo empezamos a vivir juntos en Mallorca, hace ocho años. Y al cabo de ese tiempo, después de muchas ciudades, de muchos miles de kilómetros juntos, volvemos a la isla de nuestro primer tiempo. Será una temporada no demasiado larga, lo que dura un verano en el mundo de la aviación: de abril a octubre. Así es y así funcionan las cosas en ese raro universo flotante que habita siempre por encima de nuestras cabezas, por encima de las nubes y del vuelo de los pájaros, de día y de noche, todos los días del año. Un ir y venir que jamás cesa y del que sólo tenemos noticia cuando se escucha el estruendo de un avión que aterriza o despega y que aún invita a levantar la cabeza y mirar arriba, un poco fastidiados por el ruido, un poco nostálgicos del asombro ingenuo de la infancia, cuando un avión surcando el azul era novedad para contarla en casa con entusiasmo. Es la orquesta perpetua de un tráfico incansable que habita donde no pueden vivir los pájaros y del que apenas tenemos noticia aquí abajo.
Sonia se ha marchado hoy. Yo iré a visitarla dentro de un par de semanas y mantendremos "el salto" entre el extremo atlántico y el oriente mediterráneo. Vivir entre aterrizajes y despegues, de La Coruña a Palma, es una experiencia que me apetece. Nunca es tarde para acabar de comprender que nuestro lugar en este mundo está justo donde nos lleven los pies. O los aviones. O el corazón. Nunca es tarde para darnos cuenta de que los lugares pasan, como pasa el tiempo. Lo único que permanece somos nosotros y los afectos que sabemos para siempre.

Así es mi mundo ahora, el del escritor errabundo que empieza las novelas en una esquina de la península y suele terminarlas en la otra punta. Me he acostumbrado a escribir en apartamentos de todas clases, en hoteles, en los veranos tranquilos y fríos de la montaña de León, o soportando el calorón sevillano, o bajo la lluvia y la niebla tenaces de Finisterre, o en la pausa húmeda y rumorosa de gatos silvestres en la Pinada de Castelldefels... Ahora toca, de nuevo, el bullicio mallorquín. Es mi vida junto a ella. Sólo dos cosas nos acompañan siempre, no cambian, ni se inmutan: la certeza de estar juntos y la constancia de dos docenas de libros que van con nosotros a todas partes. Lo demás puede esperar.

En los próximos meses, aprovechando la estancia provisional en la isla, voy a intentar algo con lo que vengo fantaseando desde hace tiempo: volver al procesador de textos "puro", sin conexión a Internet. Word y un servidor cara a cara. A ver qué pasa. A ver si soy capaz de volver a escribir como hace una década, sin consultar inmediatamente cada duda que surja, con un par clics en el diccionario de la RAEL; sin descansar cada hora para consultar la bandeja de entrada del correo electrónico y saludar a los amigos de facebook.

Como tampoco conviene ser demasiado radical, me llevo las edición de 1999 del diccionario y el iPhone. Y ya está.

De modo que ya lo saben. Si desde hoy a la festividad de los difuntos no doy demasiadas señales de vida en internet y me ven escribir poco en blogs y redes sociales, no hace falta que se pregunten porqué: estoy escribiendo.

Ya llegarán la navidad y el nuevo año. Y la vida nueva será recuerdo, como siempre.

Volveré.

Entradas populares de este blog

Godos, de Pedro Santamaría

Diez años, cuatro libros

¿Puedo hacer algo por usted?