Cuerpos y almas


Según la ONG Manos Unidas, “casi 900 millones de personas se acuestan con hambre, lo que es un desastre para la humanidad”. Las cuentas podrían ampliarse a otros novecientos millones de criaturas, más o menos, que se acuestan con hambre por propia decisión, porque se han puesto a dieta para intentar perder los kilazos que les sobran. Lo cual, bien mirado, es otra catástrofe para la humanidad, y no me refiero a la horrenda desigualdad en el derecho a alimentarse que tienen los habitantes del planeta, sino al delirio espantoso de una humanidad hambrienta partida en dos: los que no pueden comer y los que no quieren comer porque en épocas pasadas han zampado demasiado.

La lectura moral de esta evidencia está más que hecha, dicha, pregonada y asumida como un mal evitable pero, a saber por qué causas, insuperable: que millones y cientos de millones de nuestros semejantes sufran de hambre y sus secuelas y enfermedades oportunistas vinculadas, mientras que los demás se atiborran sin sentido, infelices viajeros en la noria del consumo alimentario, supone una vejación insoportable para la dignidad humana. Nadie en su cabal criterio puede aceptar esta situación como algo razonable, intrínseco a la presencia civilizada sobre el planeta. Pero nadie, al parecer, puede hacer nada o casi nada por solucionarlo.

La maquinaria del poder y de la economía globalizada que mantiene vivo este sindiós tiene sin embargo su propia lógica y sus propios métodos. Para las grandes industrias productoras y distribuidoras de alimentos, comer no es un derecho sino un negocio. Pero no un negocio cualquiera, legítimo como muchos regidos por las leyes del mercado y la razón del beneficio. Se trata de algo más sutil y cercano a lo perverso: consentir que una parte de la humanidad sobreviva a duras penas bajo la amenaza del hambre mientras que el resto, sus seguros clientes, viven presos en el círculo vicioso y a menudo enloquecedor del trastorno alimentario: de la gula a la dieta, de la anorexia a la bulimia, del culto al cuerpo esbelto a la exaltación insensata de la abundancia de carnes. De El Greco a Botero pasando por la clínica dermoestética, la talla 36, el gimnasio y la dieta baja en calorías y rica en carbohidratos. La comida, una primera y obvia necesidad (en realidad la única), se convierte en el centro de nuestras vidas; es la obsesión, el pesar y el gozo de una ciudadanía que transita por el mundo atribulada y muy preocupada por los dos grandes beneficios icónicos de la aldea global: tener techo para cobijarse y algo que llevar a la boca cuando el estómago reclame lo que de natural se le debe, dos o tres veces al día.

No lo recuerdo bien porque esos tiempos me quedan un poco lejanos, pero creo que en las economías esclavistas se trabajaba por la misma recompensa: techo y comida. Un poco de comida y un techo protector al llegar las sombras, para acostarse sin hambre aunque a menudo con apetito. Un techo seguro bajo el que tiritar y ocultar el terror, inmenso, por las almas muertas de los millones y cientos de millones de nuevos esclavos, desnutridos o enfangados en grasas. Porque todos sucumbieron en espíritu antes de maldecir su suerte de hambrientos o su mala ventura de gordos encadenados a la dieta y la industria de la comida “sana“, que es la manera moderna y elegante de acostarse con hambre sin dar pena en los telediarios.

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