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El valor de un premio

Antes de escribir mis impresiones sobre el evento, muy conscientemente y por motivos que creo sencillos de entender, he dejado pasar dos semanas desde la proclamación y entrega de los premios Hislibris de literatura histórica. No es un asunto para tratarlo sobre la marcha, instalado en la satisfacción espontánea de haber recibido dos de dichos galardones. Ni la euforia ni el enojo, ni el mucho contento ni el mucho malestar son buenos consejeros a la hora de intentar una reflexión seria acerca de cuestiones que de verdad nos importan. El tiempo (aunque sea un poco de tiempo, el obligatoriamente “prudencial”), tiene siempre la virtud de desbrozar la experiencia y convertir las emociones súbitas en poso verdadero, allá donde se instalan para siempre aquellas ideas e impresiones que merecen ser tenidas en cuenta: las que merecen compartirse, al menos desde mi humilde punto de vista.


O sea, que al meollo…

Hay premios literarios de muchas clases: comerciales, institucionales, académicos, promocionales… Pero los Hislibris no pertenecen a ninguna de esas categorías. Es un alivio saber que dos jurados distintos, sin conexión ni influencia uno hacia el otro, sin más interés (ni intereses) que “sacar adelante” su mejor criterio, eligen las obras y autores premiados con absoluta independencia y soberanía, sin plegarse a presiones editoriales, económicas, políticas ni de ninguna otra especie. Resulta alentador comprobar que al menos en una ocasión, sin que sirva de gran consuelo pero sí de esperanza, el resultado de las votaciones de esos jurados se corresponde, exclusivamente, con la soberana opinión de los mismos. Y nada más.

No son jurados compuestos por escritores relevantes, ni por críticos influyentes (Dios nos libre), ni por “personalidades del mundo de la cultura”. Claro que no. Si entre quienes otorgaron los premios Hislibris 2013 hubiera habido muchas, o algunas, de esas personas… Bueno, con todos mis respetos: habría que mirar al fallo de la votación con la ceja levantada. La experiencia y el sentido común, considerando los tiempos que corren y las dinámicas ordinarias en el mercado editorial (eso que antiguamente se llamaba “panorama literario”), nos indican que cuantas más “personalidades relevantes”, escritores consagrados, críticos reconocidos y etcétera se congregan en los jurados, más arbitrarios e incluso inverosímiles suelen ser sus dictámenes.

No, en los jurados de los premios Hislibris no hay "personalidades influyentes". Hay personalidades independientes, algo mucho más difícil de ser. O mejor dicho: sólo hay lo que debería haber siempre: lectores cualificados que dirimen sus opiniones y eligen según su santa voluntad y honesto criterio. Ese y no otro es el valor, el inmenso valor que para mí han tenido el premio a la mejor novela histórica del año (2012) y al mejor autor, ambas distinciones en méritos de mi novela La hermandad de la nieve. Agradecido quedo, casi tanto como abrumado quedé en su día, al tener que levantarme dos veces para recoger las primorosas estatuillas que se entregan al ganador en cada categoría.

Pero decía antes que en los jurados de los premios Hislibris hay, como debe ser, lectores cualificados. Cierto es, si bien también es cierto que tras la escenificación de la entrega de premios, de las Jornadas de Novela Histórica y de toda esta actividad entusiásticamente desarrollada por la organización y los participantes, hay un trabajo enorme, constante, apasionado, por parte de la comunidad de lectores y escritores (más de 2000 registrados y en activo), que confluyen en el sitio web de Hislibris. Este último detalle no es de desdeñar ni mucho menos debe pasarse por alto. Reunir gente en Internet, alrededor de una devoción común (en este caso la novela histórica), es relativamente sencillo. Lo difícil es conseguir durabilidad a la iniciativa y convertirla en actividades reales que transciendan el ámbito de lo puramente virtual. Lo difícil es levantar a la gente de la silla, apartarla de la pantalla del ordenador y llevarla desde todas las esquinas de España a un hermoso pueblo andaluz, con objeto de celebrar un encuentro sobre narrativa histórica. Y vincular a toda esa gente en el compromiso de la literatura como afán común. Los autores, por naturaleza y necesidad, somos gente solitaria; pero qué infértil y en realidad qué aburrida sería esta dedicación si de vez en cuando no nos encontrásemos cara a cara con los lectores de nuestros libros y escuchásemos su opinión sobre el resultado de nuestro trabajo. En Hislibris han conseguido no sólo reunir a autores, lectores y comentaristas en el transcurso de unas jornadas, sino que se atreven, con notable éxito, a lo más arriesgado: solemnizar la opinión de tantos y tantos lectores de novela histórica, otorgando unos premios que ganan prestigio cada año. Este, sin duda, es el segundo motivo de satisfacción para mí. Satisfacción y gratitud para con todos ellos: los que llevan años ilusionados con este colectivo y los recién llegados; los que participan diligentemente y los que permanecen en quietud hogareña; los que viajan adonde sea menester para encontrarse con otros lectores que comparten su pasión por la literatura y los que se quedan en casa, tan a gusto. A todos, mi gratitud inmensa.

Escribir para ser leído por personas de ese natural, es un privilegio. Recibir un premio de esas mismas personas, un inmenso y, creo, legítimo orgullo.

Lo dicho: gratitud.

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