Una isla en un archipiélago

El género es la narrativa, y la narrativa natural es el relato. Todo el mundo cuenta cosas: el telediario, las sentencias de los jueces, el vecino quejoso por los saraos que organiza el putón del 5ºA, el niño al volver de la escuela y el locutor del partido de fútbol. Todo el mundo cuenta cosas continuamente. Se nace sabiendo y se viene a este mundo preparado para ejercer enseguida.
Antes de empezar a hablar ya sabemos contar cosas; sólo hace falta que los demás se fijen y nos entiendan. Lo cierto es que desde que asomamos la cabeza entre las ingles de mamá hasta que nos trasladamos al otro barrio, nos dedicamos exclusivamente a contar lo nuestro. Construimos nuestra propia existencia como una narración. Ah… “El sentido de la vida”, “dar sentido a nuestra vida”… ¿Qué señalan esas expresiones más que la necesidad de urdir un relato “presentable”, interesante de nuestra existencia? “Don Antonio vino al mundo, estudió con provecho y sacó oposiciones a notarías”. Buen inicio y buen final. “Antoñito el del Lunar nació de culo y así le fue”. Chungo…

Decía Felipe Romero que el único entretenimiento universal es contar cosas. Si vivimos una experiencia única, merece la pena si puede contarse (montar en globo, por ejemplo; o que una banda de albanokosovares asalte nuestra vivienda, nos robe los diamantes de la Castafiore y encima se lleven al gato). Todo lo que no sea susceptible de convertirse en argumento solvente para un relato, no interesa. De la épica al sainete, del drama y la comedia al esperpento y la astracanada, de las vidas ejemplares a las vidas deplorables… Todo es relato.

Pero nadie cuenta novelas, claro está. Nadie nos invita a café y nos larga “Los hermanos Karamazov“. La experiencia siempre es fragmentada (por lo fino, “fragmentaria”), y de esa misma manera la contamos: a trozos. En forma de relato. La gracia y la habilidad está en ir acomodando las piezas del puzzle hasta que compongan un mosaico coherente y, a ser posible, elegante. Nadie vive su vida como una novela sino como un gran libro de relatos, más o menos cohesionados en torno a un propósito general. Por eso el relato es la forma natural de la narrativa. Otra cosa, naturalmente, es pasar de la experiencia y la necesidad, digamos ontológica, de relatar, a la literatura. Una cosa es la vida y otra el arte. Entonces todo se complica.

La cantidad de simplezas que he escuchado en el transcurso de los últimos años sobre el relato como género literario es inmensa. La ventaja: tanta bobada puede resumirse en dos grandes enunciados.

El primero: “El relato es un género concorde al latir de los tiempos actuales, porque la vida moderna nos impone un ritmo frenético y apenas tenemos tiempo para leer, y como los relatos suelen ser cortitos…”. (Jódete y rema, anda; discute con el/la cretino/na que ha soltado semejante estupidez, tan convencido/a. Lo dicho: jódete y rema).

El segundo: “Escribir un buen relato es tan difícil como escribir una buena novela”. Esta Ley de Igualdad Literaria, demasiado pimpolluda para mi gusto (pero a ver quién se atreve a contestarla sin ser tachado de petulante como mínimo), en realidad oculta una zafia intención: “Como escribir un buen relato es tan difícil como escribir una buena novela, los autores de relatos tienen tanto mérito, o más incluso, que los autores de novela; y lo de <más incluso> viene a cuento por aquella máxima gracianiana de <lo bueno si breve, etcétera>“. De tal modo, los 74.654 autores de relatos, breves, micros, híper breves, hiperjódetemanuel que hay en el ámbito hispano, deben pesar y cantar y trinar tanto como los novelistas, de los cuales, de momento, no hay 74.654. Aunque todo se andará.

El número no es anécdota sino categoría. Cualquiera con 19’90€ puede pagarse una tarifa plana y colgar todos los relatos que le apetezca en Internet. De esos cualesquiera, que son legión, una buena parte serán invitados a participar en imprescindibles “antologías”, cuantos más de ellos mejor, más se venderá el libro porque la cantidad de novias, esposas, amantes, padres, madres, titas y primos dispuestos a comprarlo se multiplica y crece con cada nuevo talento que se incluya en el ingenio. Lo decía antes, me parece: el número es categoría. Hay autores de relatos (sólo de relatos) magistrales; y hay muchísimos “relatistas” malísimos, penosos, deleznables. Pero da igual: en el tótum revolutum de las “antologías” caben todos, y todos son “nuevas voces emergentes”, “valiosos autores”, algunos hasta “brillantes”, tocados por el “ingenio” y la “agudeza”, de “ágil estilo“… Basta por ahora.

Precisión urgente: no tengo nada en contra ni nada que decir en demérito de los autores que empiezan, que intentan aprender el oficio, que sudan tinta y se afanan por convertirse en escritores. Antes he utilizado el término “cualquiera” para referirme a otra clase de gente (“gente”, no escritores); esa gente que se atrinchera en la multitud, en la manifestación de relatistas, un gremio sindical tan respetable como los escayolistas y los tramoyistas, por cierto. Y como son un montón, todos valen. Y como todos valen, no hace falta trabajar y aprender sino ajuntarse, antologizarse, reunirse muchas veces con muchos iguales para celebrar la democrática explosión de la literatura concebida como genialidad de masas. Democracia real YA. Al carajo Julio Ramón Ribeyro. A tomar viento Chejov. El derecho a ser autor de relatos es mucho más importante que la obligación de aprender a escribir antes de darse ínfulas y aires y ejercer de “autor”, nada menos. Claro, ya se decía dos párrafos atrás: escribir un buen relato es tan difícil como escribir una buena novela. Y aquí ya, inevitablemente, viene el célebre argumento de Steinbeck: “Permítanme, caballeros, que me descojone”. Los autores de relatos que han empleado la vida y todo su talento en el compromiso con la literatura (en ocasiones muchísima vida y muchísimo talento), necesitan un megáfono para hacerse oír en esta convocatoria montada al estilo de “Toma el Parnaso”. “Compañeros y compañeras, un poco de cordura, por favor, que uno lleva treinta años en el oficio y sabe de qué va esto”. “¡A callar, fascista!”.

Pero estábamos en que el número es categoría. El mismo número. El número de páginas por ejemplo. Sí, seguro, hace falta un buen número de páginas para escribir una novela, lo que quiere decir: poner tierra por medio; huir del sindicato y la acampada al aire libre de las letras populares, masificadas y horneadas conforme al gusto del común. La novela deja al autor donde debe estar: solo y tan a gusto en soledad. Una isla en un archipiélago. Mira por dónde: si lo bueno y breve es doble bueno, lo extenso tiene la virtud superior de conducirnos a lugares tranquilos. Justo donde necesita encontrarse un autor para hacer lo único que debería hacer: leer y escribir y trabajar su talento si es que lo tiene. Aunque no sé si esto último mencionado, el talento, será muy preciso hoy día para gustar a los lectores (los cuales, a su vez, suelen ser autores de relatos, de poesía en el peor de los casos). Creo que no, que no hace falta para nada. O mejor dicho, sólo sirve para una cosa: para que te expulsen del paraíso de las antologías y quedar lejos y muy, muy lejos de la multitud creativa. Bendita maldición.

Entradas populares de este blog

Godos, de Pedro Santamaría

La hora de Bizancio

Diez años, cuatro libros