Escritores: ¿nuevo paradigma?

Hasta hace unos años, un escritor era  dueño de un mundo propio, un universo complejo y original de referencias estéticas y morales, edificado tras un trabajo minucioso, perseverante, apasionado, en ocasiones visionario... Y el resultado de su trabajo, si aspiraba a publicarlo, tenía que estar a la altura de las exigencias de calidad y comercialidad establecidas por el sector editorial.

De tal modo, la relación entre el escritor y el lector se debatía en plena crisis, el debate en carne cruda establecido por el acercamiento a la obra y al autor, ese mundo habitado por él en exclusiva. La experiencia lectora y el trabajo literario componían la dialéctica sustancial en el ámbito de “lo creativo”, así como señalaban la distancia existencial y diferencias de perspectiva/interpretación de lo real entre uno y otros.

Hoy en día, cualquiera puede ser escritor. Basta con poseer un ordenador, pagar una tarifa plana y “colgar” los textos en alguno de los miles de “sites” que ofrecen dicha posibilidad en Internet. Para ediciones en papel, la industria de la autoedición ha abaratado mucho sus precios, democratizándose cada día más. Y si el aspirante a la gloria literaria no sabe aún cómo escribir sin despertar enseguida el desdén o el sonrojo ajeno, no hay problema: por un precio módico aprenderá el oficio en alguno de los miles de talleres literarios que se ofertan en la red.

Hasta hace unos años, un libro era un gozoso misterio por desentrañar, una incitación a la aventura de leer y un reto a penetrar en el mundo exclusivo, distinto, subyugante, del autor.

Conforme se popularizan los medios y se vuelven irrelevantes los contenidos, la figura del autor literario se desvanece. Como el continente africano o la cara oculta de la luna: nada nuevo por descubrir. Y lo que es peor: nada nuevo que buscar y mucho menos encontrar en el océano de “obras literarias” que están en Internet antes que, cabalmente, en la cabeza de sus autores. Y esto último no es un juego de palabras.

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