Volver

Alguna vez he oído por ahí que la vida se compone a base de ciclos de siete años. Será cierto, aproximadamente cierto o más bien un mito, aunque en este caso se cumple con puntualidad asombrosa y entrañable.

Hace siete años que Sonia y yo empezamos a vivir juntos en Castelldefels. Aquí fuimos felices como dos niños pequeños que empiezan una aventura excitante. Recuerdo que en nuestro apresurado encandilamiento, un poco eufóricos por esa vida nueva que acabábamos de estrenar, cometíamos jubilosas tonterías, como por ejemplo ir al supermercado para "hacer la compra del mes" y volver a casa cargados de cocacola, chocolates, turrones, helados, bizcochos, caramelos, snacks... Todo lo necesario para organizarnos maratonianas sesiones de cine casero pero, sin lugar a dudas, por completo inútil para alimentar a una familia durante tres o cuatro semanas, aunque la familia fuese tan pequeña como el 2.


Grandes como dos personas juntas que se aman, vivimos dos años en esta ciudad que es un resumen perfecto de la Cataluña múltiple, sosegada y mundana que siempre he amado: gente de todas partes, mar abierto y un lugar para vivir donde los únicos ruidos eran (y siguen siendo), el canto un poco estridente de las muchas especies de pájaros que habitan en "la pineda" y los aviones que de vez en cuando nos sobrevuelan, en maniobra de aproximación al Prat. Me gusta el tumulto pajarero de madrugada y anochecida, y me gusta el roncar de los motores colgado en el azul de cualquier instante. Los pájaros viven siempre aquí, acomodados en el pinar más grande de Europa, mientras que los aviones se marchan y vuelven, y de nuevo parten y al cabo regresan. Son símbolos de esta ciudad: puedes marcharte o puedes quedarte, por dos años o por siete años. El caso es permanecer.

Ahora, siete años después, tras vivir en Sevilla, Carmona, La Coruña y una breve estancia en Mallorca, hemos vuelto. La sensación es la de no habernos marchado nunca, al menos por mi parte. Pobre de todo lo que no hace falta poseer, tengo ahora el recuerdo y la convicción de que siempre habrá lugares donde volver. Y en todos ellos, estará ella.

Si alguien necesita más para vivir, que lo diga.

Entradas populares de este blog

Godos, de Pedro Santamaría

La hora de Bizancio

Del azul nacen los caballos