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Gilipollas travestidos y pollos de corral

A veces las ponen a huevo. No siempre, pero hay ocasiones gloriosas en que asoma por debajo de la puerta el hueso pelado de la narrativa considerada como un arte subsidiario de Informe Semanal, Callejeros y Españoles por el mundo; la piadosa vocación de echar sopicaldo a la insípida rutina de las masas lectoras y, a más penuria, al lánguido paseo de domingo por la tarde en que se ha convertido la literatura española, sobre todo desde que triunfase imparable el género novelístico y poético que la crítica NO especializada distingue con la etiqueta de “Qué infeliz soy después de divorciarme, viviendo en Nueva York con una amante eslovena veinte años más joven y dedicándome a enseñar literatura del Siglo de Oro en el Manhattan College, cuando podría haberme quedado en el pueblo tan a gusto, tirándole piedras a las cabras”.


De verdad que las ponen a huevo. Mi madre decía que salir de esparcimiento los domingos por la tarde era “cosa de chachas y quintos”. Como de costureras y marujas y algún moderno de los que van al trabajo en bici (con casco), es la literatura que hoy se impone en el mercado: aventuras y cuernos de mal llevar; fotografías valiosas porque los retratados no se movieron una chispa, quedaron tan estatuas como tiesos se ponían los quintos y las chachas, con el estanque del Retiro a sus espaldas, mientras el fotógrafo inmortalizaba aquel eterno, aburrido, tan exactamente real domingo por la tarde.

Por lo visto ese es el camino, y el que se aparte de la línea correcta merece que lo llamen gilipollas con todas las letras. Eso hace (no esperaríamos menos), el comentarista bloguero conocido por Mal-herido (un tipo de verdad interesante y más o menos influyente, al menos en ciertos ámbitos de internet), cuando se refiere a la novela El plantador de tabaco (reeditada en 2013 por Sexto Piso), y a su autor John Barth. Por lo leído, le disgusta el tono y estilo de la voz narradora, y se la carga con semejante andanada: “El plantador de tabaco… inmenso biombo de viajes en el tiempo: también al siglo XVII, también a la vida literaria de antaño… Barth no hace mucho más que fingirse difunto y antiguo y ajeno, pues su novela, el esfuerzo que hay en ella, es el de que no se note desde dónde está escrita, cuando si algo importa primero de todo en un libro es cuándo se escribió y en qué circunstancias. Cuando uno lee, lee siempre el tiempo de una escritura, por lo que una novela que hurta su propia temporalidad es básicamente un ejercicio caprichoso y gilipollas”.

Impresionante. Un escritor/lector convierte su blog en la cátedra de san Feliciano y desautoriza (y de paso califica de “gilipollas”), a infelices que no tuvieron en su época la oportunidad de enterarse, o no tienen hoy día bien claro, que lo más importante de una novela es informar bien informado al lector sobre “cuándo se escribió y en qué circunstancias”. Ah, ignorantes Flaubert, Scott, Dumas, Mujica Lainez, Carpentier, Yourcenar… impostores de voces descolocadas en el tiempo, vergonzantes intérpretes en falsetto. Oh, relapsos travestidos como Eco, Graves, Sapkowski, Doctorow, Steinbeck… Cómo se nota que en vuestros buenos tiempos no se publicaba el blog malherido. Otro gallo hubiera cantado, que a nadie le quepa duda. Concretamente, cantara o cantase el gallo de todos los días, el que sube a lo más alto del gallinero para que el sol escuche su cacareo cotidiano, auténtico, genuino, honesto, real como la vida misma y, evidentemente, no por repetido menos quiquiriquí. De eso se trata, convénzanse: fuera de la realidad-real no hay salvación, todo es falsía, adorno, vano artificio.

Hace unos días comentaba a un amigo que en la Facultad de Letras, en tiempos de Witiza, me enseñaron algo muy cierto: la novela es el género burgués por antonomasia, no el pequeño burgués por defecto. Pero algo ha fallado, desgraciadamente, pues el decurso de los años contradice esa presunción “burguesa” del género, mutándolo a fórmula masiva de transmisión de la filosofía de las cajas de ahorros. Quizás la narración de los afanes de la burguesía por convertirse en clase hegemónica no daba para tanto. Acaso los mismos burgueses, ocupados y plenamente concentrados en la urdimbre de la aldea global y la economía mundializada, abandonaron su preferencia por la novela como género propagandístico y, en el colmo de la traición, delegaron la responsabilidad en la pequeña burguesía (urbana o de origen rural, porque una infancia rural abre muchísimo el juego para cualquier novela de esas). Yo creo que es la explicación más plausible del fenómeno, y a los resultados me remito: una clase social (o “colectivo” si lo prefieren, que es expresión más moderna y con menos connotaciones), que por su propia naturaleza carece de toda épica (más bien huye de cualquier clase de épica porque "retrasa la hora de la cena"), ha conseguido sin embargo construir su propia mitología novelada y saturar con ella el panorama literario. Hasta el empacho lo ha saturado, y la digestión de tanta novela auténtica y escrita con voz cantamañanas (por lo del gallo) parece no tener fin. ¿Hasta cuándo dará de sí el género novelístico de “gente cagapoquito con problemitas?

Bueno, no exageremos. Hay gente con problemas de verdad, como los veteranos de las guerras de Irak, o el chico ese vasco que no quiere meterse a terrorista y huye a los Estados Unidos para trabajar de creativo en Silicon Valley. Cierto que hay argumentos así, valientes, comprometidos, de más valor quizás que los corrientuchos de amores separados en cualquier estación del metro, protagonistas que se llaman Pablo, chicas que han tenido un accidente de moto y se han quedado sin novio, borracheras que acaban en un callejón con preservativos usados y otros escenarios y circunstancias vitales y ambientales por el estilo. Ya ven que la autenticidad, el verdadero y encomiable Do de pecho, se estira casi infinito.

Por no hablar de la novela negra, todo un mundo.

Aunque hoy no apetece. De la novela negra y otros subgéneros prometo escribir otro día. Por el momento, bastante tengo con los dos párrafos que me quedan.

El primero, dedicado a la consideración de que toda voz narradora (o escritora, como esta misma que ahora se expresa), por propia definición es impostada. Travestida a tope, con falsete de Jaroussky haciendo de soprano o de Cecilia Bartoli en plan tenor. Que situemos a la reinona en un burdel tebano o en la plaza de Legazpi rajando castizo, es lo de menos... En realidad, lo único que no concierne ni afecta al valor literario de una novela.

El segundo, para ayudar a discernir a Malherido lo que más le importa de El plantador de tabaco y de cualquier novela: cuándo se escribió y en qué circunstancias. Respecto a la primera incógnita, suele ser útil consultar la página par donde vienen los créditos de la obra, sobre todo el copyright, que nos dará una idea bastante aproximada; calcule ud. un par de años antes del que figura en dicho ©. Sobre las circunstancias, se pueden imaginar mil situaciones: desde que una diosa tartesia se la estuviese chupando al autor mientras escribía hasta que los acreedores estuvieran aporreando su puerta. Esta última suposición es más realista, aunque, como dijo alguien diez líneas más arriba, es lo único que no concierne ni afecta al valor literario de una novela.

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