Vivir de la literatura

Dos veces dos me han preguntado esta semana por el mismo asunto: vivir o intentar vivir de la literatura; un afán que me distrae tanto como el juego de petanca desde que comprendí, hace muchos años, que una cosa es vivir de lo que uno escribe y otra durar mientras se escribe de cualquier cosa.


Por supuesto que todos quienes hemos entregado la vida a esta dedicación vivimos de la literatura. A unos les da para tres comidas al día y la cuota de la hipoteca y a otros nos llega para merendar y, de vez en cuando, pagar el recibo de la luz. Y para escribir, que es lo que interesa.Tan importante es una cosa como la otra, no crean, porque en el fondo de la controversia late una representación bastante exacta de la índole de cada cual. Lo que importa no es opositar a un modo de vida sino interrogar a la vida (toma frase campanuda), y de paso hacernos más o menos expertos en cierta manera de estar en el mundo y "hacer las cosas". La única obligación y el único compromiso son la literatura. Lo demás: fanfarria y cascarria. Quien escribe bajo la condición y el propósito de ganar fama y dinero no es que se prostituya, como afirma un notable autor en reciente entrevista; es que se engaña y se convierte en un artesano (por lo general mal pagado) de la industria del papel impreso. No hay nada más real que el dinero, cierto; y no hay nada más inexistente que la "literatura de mercado". En ese sitio, ni hay autores ni hay títulos. Sólo hojas numeradas y encuadernadas en bonito. Un simulacro y fundido en gris.

Esta mañana, mientras tomábamos café en una sombreada terraza, algo apartados del mar aunque muy próximos al corazón acropolitano de Castelldefels, el poeta Felipe Sérvulo me lo ha aclarado en una sola frase: "Hay autores que viven de la literatura y otros que viven para la literatura, y lo segundo es mucho más difícil".

Nada que añadir a la sabiduría del veterano poeta.

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