Voz narradora, ¿voz impostora?

Bueno, se lió un poco (no mucho, pero más de lo habitual), con la entrada anterior de este blog. Algún mensaje privado y algunos correos electrónicos iban subidos de tono, casi tanto como yo lo estuve al comentar aquello de la “gilipollez” de Barth según Olmos, herido o indemne. Concedo que a lo mejor se me fue la mano, pero estarán de acuerdo mis comunicantes (hasta anónimos los he tenido), en que fue un acto de legítima defensa de intereses ajenos, o sea: de un altruismo encomiable. Mi abuela bien, en la gloria divina desde hace décadas.


Por otra parte, dejando los cotilleos en el costurero, con los retales sin uso y las madejas religadas, lo que más me ha llamado la atención ha sido precisamente el afán de casi todos los que se han puesto en contacto conmigo por "no entrar en polémica”. Y no figurar, ni aparecer siquiera. Vaya por Dios… Aquí todo el mundo quiere opinar para que todo el mundo esté de acuerdo, igual que todo el mundo quiere escribir para gustar a todo el mundo. Todo quisque quiere ser guay, brillante, ingenioso, encantador… y tener ideas propias que sean al mismo tiempo las ideas de los demás. Es decir, y resumiendo: todo va bien cuando todos piensan lo mismo porque así todo el mundo puede decir lo que piensa y nadie se enfada ni levanta la ceja.

Pero vamos a ver, almas de cántaro. ¿Desde cuándo la literatura, y no digamos la novela, es un arte determinado por la necesidad y la virtud de agradar a todo al mundo? Que un poeta, en todo caso, aspire a que sus rimas y asonancias conmuevan el corazón de las multitudes, parece lógico desde cierto punto de vista. Disparatado también, claro, pero asumible desde ese mismo y cierto punto de vista; concretamente, el de quien conoce a los poetas. Pero que un novelista aspire a ser decidor universal, y que desde la mesa de los príncipes a las tabernas del Támesis se le celebre como único y superlativo, es una memez grande como el imperio de Ungern Khan.

Ya sé que mi opinión no va a aclarar el asunto, pero al menos se intentará dejar expuesto con orden y algo de método ese punto de vista al que antes me refería y que es mío aunque no solamente mío. Me pongo a ello, si les parece. (No se preocupen que no me enrollo mucho).

La narrativa es una representación y una interpretación del mundo, establecidas ambas por el criterio, sensibilidad, experiencia y oficio del autor. Es eso y nada más, y con eso y nada más hay de sobra para complicarse la vida entera. Es conocimiento (representación), y emoción (interpretación). En ningún sitio está escrito y mucho menos establecido que la visión de un autor y su forma de expresarla tenga que ser del gusto de todos. Ni siquiera del gusto del común. Seamos realistas y un poco serios (lo justo). Si todos los novelistas contemporáneos escribiesen para regalar el oído de todos los posibles lectores y hacer cosquillas pajaruelas en el imaginario común de esta sociedad horterilla en la que nos ha tocado vivir, todos escribirían dos únicas clases de novelas: las que se parecen a El tiempo entre costuras y las que están en línea con las sombras de Grey. Y aunque el fenómeno es mayoritario y más bien risible por lo previsible, afortunadamente hay multitud de novelistas que se ocupan de su propia voz como de su propio mundo, porque un elemento y otro son inseparables: quien tiene una manera personal, intransferible aunque imitable de nombrar el mundo, es dueño de ese mundo; en el cual, por supuesto, no todos tienen porqué sentirse a sus anchas.

Me da igual que en esos ámbitos (“territorios” dicen los críticos), se utilice una voz directa por lo genuino, de calendario puesto al día, contemporánea, incluso cómplice de las jergas y modos actuales, con la sincera pretensión de construir una literatura “de nuestro tiempo”; así como me resulta indiferente que dicha voz sea intemporal, abstracta, arcaizante, ceñida al estilo como las letras al papel. Lo que importa (y encandila y seduce de una novela y la hace grande), es la potencia sosegada, modulada, sugerente y próxima en su calidez de esa voz que nos llama como las sirenas a Odiseo, Amárrense al mástil y déjense llevar.

Hablando de Odiseo, mira por dónde, me ha venido al santiscario el ejemplo de Homero. Suponiendo que hubiera existido, que el Ómeros griego no fuese un autor colectivo, como el gremio de vendedores de cupones de la ONCE puestos a contar historias por las esquinas… ¿encontraremos en la literatura universal una voz más impostada, atemporal, fantasiosa y, por tanto, más alejada del realismo sintáctico y los acucios (insoslayables para muchos) del tiempo presente? Detente sol en el valle de Gedeón. Homero inaugura el género de la fantasía histórica. “Escribe” sus volúmenes de la Iliada y la Odisea en el siglo VIII AdC, cuatro, quizás cinco siglos después de ocurridos los hechos trascendentales (históricos) de su relato. En el mismo intervienen dioses, héroes, semidoses, reyes, y la verosimilitud de su ser y estar en la narración es por completo necesaria al desarrollo de la misma. En la Iliada sólo aparece un hombre normal. Uno, que ya es descaro. Uno de nombre Tersites, contrahecho, feo a rabiar, bastante deslenguado, que comete la temeridad de recriminar a Agamenón su tacañería en el reparto del botín del templo de Apolo. Por feo y osado, recibe un bastonazo de Odiseo, golpe que lo deja más maltrecho aún de lo que estaba antes de entrar en los reales de Agamenón para encararse con el monarca de los aqueos, ya saben: los de largas cabelleras.

Quizás alguien me replique que la literatura de aquellos tiempos era por propia naturaleza atemporal y fantástica, así como de marcada finalidad mágico-religiosa. Ejemplos no le van a faltar: la Biblia, la saga de Ghigamesh, la Instrucción de Ptahhotep o las máximas morales de Confucio que una presentadora de televisión, durante la ceremonia inaugural de los juegos olímpicos de Pekín, definió galanamente como “anacletas”. Bien, bien, de nuevo concedo. Pero se da la circunstancia de que, como mantiene un antiguo y muy pero muy sabio amigo: “Los griegos son el único pueblo, la única civilización que posee como mito fundacional un artificio ideológico de carácter literario, no religioso”. Homero no concibió una explicación teológica del mundo, sino épica. Literaria desde la primera cóncava nave a la última aurora de rosáceos dedos.

Cabriola viene, un recurso que a veces funciona… Hablando de temporalidad, ya me vendría de perlas que alguien me explicase y detallara la “temporalidad” de 1984, de Orwell. Ah… Me estoy refiriendo a una fábula moral sobre el horror stalinista, y las fábulas suelen ser intemporales. Pues ya te digo, ¿en qué quedamos?

¿Hace un repaso al idioma, estilo, lenguaje narrativo y temporalidad de El señor de los anillos? Complicado y muy complicado. Según las últimas encuestas, sólo el 19% de los mahoríes consideran la obra de Tolkien como un logro magistral, un clásico de la literatura y una obra necesaria para entender la complejidad epistemológica (con perdón), de la Kakania hegeliana de Mussil en El hombre sin atributos.

Quedo obligado para una próxima entrada de Lejos de Itaca en la que se defienda esta última herejía.

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