Los robinsones suizos

Aprovechando que Sonia, como su propio nombre indica, estaba anoche volando a San Petersburgo, me zampé una sesión de cine de madrugada un poco pantagruélica y, pecado sobre pecado, sin más criterio que el albur caprichoso del mando a distancia. Aburrida y glamourosa tipo anuncio clásico de Martini me resultó Ocean's Twelve; un horror entre gore mal hecho y película de chinos, la enésima entrega de Blade, con un Santiago Segura en su papel más genuino de pajillero. Al final, con las del alba, quedé desazonado por Los robinsones suizos (o "Los robinsones de los mares del sur", título con el que se estrenó en España, en 1960). Cómo una historia blanca de la factoría Disney puede soterrar lecturas inquietantes es uno de los pequeños prodigios de la literatura. Lo que no se explicita y apenas se cuenta es lo verdaderamente decisivo de una historia, tal cual es el caso de este metraje que me tuvo cavilando hasta que, ya de día, el cuco de la pinada empezó a dar su concierto de buenos días..


Johann David Wyss, pastor protestante muy piadoso, escribió esta novela (como indicaba, trasladada al cine en 1960), para instruir a sus cuatro hijo sobre los valores familiares, la vida en la naturaleza, la iniciativa individual y la responsabilidad de cada uno de nuestros actos. El resultado es una película que se recrea en las condiciones paradisíacas, roussonianas, del hombre que decide su destino como parte consciente y activa de la naturaleza y que, en su proyecto vital trascendente, no puede eludir las dos maldiciones innatas a lo humano: la predeterminación demiúrgica y el conflicto con el tabú del incesto.

Magistral, de antología sobre diálogos con doble sentido, la conversación entre los padres náufragos cuando denaten sobre su realidad presente, lo idílico de haberse instalado como personas civilizadas en un entorno exuberante donde "tenemos de todo, al alcance de la mano", y la necesidad de que sus tres vástagos varones, de distintas edades pero abocados a convertirse en adultos, encuentren "chicas" con las que fundar una familia y tener descendencia. O los niños se convierten en buenos salvajes castos o vamos a la solución bíblica: Eva, junto con Adán, Caín, Abel y Set, era la única mujer sobre la tierra, según el relato del Libro. Si hacemos una lectura literal del texto sagrado, no hace falta una imaginación morbosa para sospechar que la madre de todos los humanos recibía en su lecho a los varones de la familia que no podían engendrar de otra manera. La historia, también bíblica, de Loth y sus hijas en el desierto de Soar, ilustra mucho, igualmente, a estos efectos.

Por fortuna la chica a aparece, al principio disfrazada de muchacho, lo cual no es óbice para que el mayor de los hijos, tras bromear sobre la ausencia de otras hembras en la isla a excepción de su madre, exclame entre risas y un poco sátiro. "¡Tendremos que conformarnos con él!". Más risas por parte del hermano pequeño. Uno piensa en un pastor protestante suizo escribiendo estas cosas a finales del siglo XVIII y le entra como un desconcierto revelador.

Felizmente, la chica disfrazada de grumete, a la que han rescatado de unos malvados piratas, revela su condición femenina. Y de inmediato surge el conflicto de Caín y Abel entre los dos hijos mayores, una lucha persistente y con cierta mala uva por conseguir los favores de la doncella. Al final, todo acaba bien porque el abuelo-dios de la muchacha rescata a los náufragos. ¡Gracias a la Divina providencia!

Pecados originales: la conciencia sobre el paraíso apropiado tras el naufragio/nacimiento. La tentación del incesto. La lucha entre hermanos por la prevalencia de sus genes. La salvación que llega del lejano océano, por arbitrio de una voluntad externa, lejana y bondadosa. Suspiro de alivio.

No sé si Johann David Wyss fue alguna vez consciente de que había escrito uno de los relatos más retorcidos de su siglo. Complejo, fundamentalista, arriesgado en la proposición sobre la naturaleza de lo humano aunque simple (la fe, que hace milagros) en su resolución. Y, desde luego, estoy convencido de que los guionistas de Disney nunca tuvieron idea de que estaban llevando a la pantalla uno de los guiones más turbadores, potencialmente obscenos, de la época.

Es la naturaleza del arte: si buscas la aristotélica "esencia de la cosa", al final, cándido amigo, encontrarás esa misma esencia, una verdad a medias revelada y plenamente sugerida que sin duda no habría gustado nada al piadoso Johann David Wyss.

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