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El siglo de las luces, el tiempo de la aventura

El XVIII español tiene mala prensa, sobre todo en España. Desde mis primeros manuales escolares de historia hasta la facultad de letras, el XVIII era un siglo de "decadencia", en el transcurso del cual España perdió inmensas posesiones en Europa y América, nuestra economía entró en barrena (supongo que no tanto como ahora, pero más o menos), nuestra vida cultural se empobreció y al final todo acabó en Trafalgar y la invasión napoleónica. Por todas partes nos dieron. Y menos mal que llegaron los ingleses a sacarnos las castañas del fuego, en Arapiles. Esa es la idea más extendida sobre un siglo desprestigiado y maltratado por el imaginario común.

La iglesia católica, el referente ideológico de mayor influencia durante mucho tiempo, renegaba del XVIII porque era el siglo de la Ilustración, las revoluciones burguesas, el laicismo... Y en España un rey ilustrado, Carlos III, expulsó a los jesuítas.

Las burguesías periféricas (lo que hoy serían los nacionalismos), aborrecen igualmente esa época porque la corona española, abrumadoramente influida por la casa de Borbón y los despóticos Luis XIV y sucesores, se empeñó en centralizar el poder, aboliendo los fueros medievales y poniendo en activo aquellos "Decretos de Nueva Planta" que otorgaban toda legitimidad a la corona y todo el poder al Estado.

La historia de la literatura tampoco ha sido benévola con el XVIII. Es un siglo "afrancesado", manierista, casi vacío de contenidos relevantes. Se pierde el pulso trágico del barroco mientras que la producción neoclásica no deja de ser un remedo simplón de la gran literatura francesa de la época. Aparte las obras de Feijoo, el padre Isla, Jovellanos, Cadalso y algún otro poco conocido, no hay figuras cimeras, ejemplos para el orgullo patrio literario, tan lastimado tras extinguirse el fuego sagrado del Siglo de Oro.

Sin embargo, todo lo anterior es verdad a medias, y a medias una mentira interesada. Nuestro XVIII, como el de todas las naciones europeas, es un siglo de crisis y transición entre el Antiguo Régimen y la modernidad. Una época llena de ideas y emociones, utopías y desengaños, grandes esperanzas, aventuras apasionadas en los ámbitos del saber, la investigación, los grandes viajes y exploraciones. La sociedad española se diversifica, crece, se hace madura al tiempo que atisba horizontes distintos al sueño imperial, mucho más sugerentes y, a menudo, mucho más osados. El barroco del XVII existía en el arte y la literatura. El XVIII, por arriesgar una definición, supone la ósmosis del barroquismo desde las estéticas oficiales y los bustos de piedra a la sociedad viva y cotidiana. El sueño y la razón siempre laten en el mismo espíritu.

En el ámbito de la política internacional y los hechos militares, el XVIII es un siglo de guerra permanente contra el imperio británico, del cual no salimos bien parados, aunque el inglés tampoco dio pie con bola. En el prólogo-nota del autor de Almirante en Tierra Firme, hago un resumen muy breve sobre esta cuestión. A partir de ello, creo que tiene sentido hablar de la grandeza de algunos de nuestros navegantes célebres, la maravillosa temeridad con que se aplicaban en principios para ellos insoslayables: el cumplimiento del deber y la lealtad a la corona de España. Tiene sentido contemplar y narrar la historia como una gran aventura. Y de todos aquellos esforzados, qué duda cabe, el que mejor y con más potencia puede llamar a un novelista es don Blas de Lezo.

Y por eso he escrito la novela.

Almirante en Tierra Firme
Nota del autor (resumida):

Los siglos XVII y XVIII estuvieron marcados, tanto en Europa como en América, por una beligerancia permanente en pos de la supremacía política y militar entre las coronas de España e Inglaterra. En lo que concierne a los conflictos americanos, el dominio del mar fue un elemento decisivo que enfrentó a ambas potencias en multitud de ocasiones.

A mediados del XVIII, la extensión territorial del imperio español era la mayor de toda su historia.


Desde el Estrecho de Magallanes hasta Alaska, la costa occidental del continente pertenecía a España o se encontraba en su ámbito de influencia hegemónica. En la vertiente atlántica, los combates navales y en tierra firme entre españoles y británicos fueron constantes.

En 1783, finalizada la Guerra de Independencia norteamericana, las posesiones inglesas en América se reducían a Jamaica, algunas islas menores del Caribe y ciertos enclaves en Las Guayanas. (No incluimos Canadá, región nunca disputada con España, muy alejada del centro del conflicto y en realidad colonizada sólo en pequeños territorios, tanto por parte francesa como inglesa).

La solidez del dominio español en América se manifestó mediante hechos en apariencia poco relevantes aunque muy significativos, como la recuperación de las islas Malvinas, tomadas ilegítimamente por Inglaterra en 1769. Otros acontecimientos tuvieron mucha mayor trascendencia, como la conquista de las dos Floridas por las tropas del gobernador de Luisiana, Bernardo de Gálvez, en 1781, una acción que dejó a Inglaterra definitivamente sin posesiones en el Golfo de México y en Norteamérica.

Aunque, sin duda, el hecho de armas más célebre a lo largo de esta larguísima contienda fue la defensa de Cartagena de Indias contra la Armada inglesa, la fuerza naval más poderosa de la historia hasta ese momento.

La escuadra inglesa, al mando del almirante Vernon, tenía como objetivo conquistar los territorios de «Tierrafirme» y estrangular los dominios españoles en Panamá, haciéndose con el control de todas las rutas comerciales entre el Pacífico y el Atlántico y, de esta manera, en la práctica, arrebatar a España todas sus colonias. Pero la impresionante maquinaria militar de Vernon fue derrotada y los planes ingleses desbaratados, todo gracias a la tenaz resistencia de españoles y criollos en Cartagena de Indias.

Al frente de los ejércitos de mar y tierra que salvaron de aquella invasión el reino de Nueva Granada y el imperio español, se encontraba el almirante don Blas de Lezo y Olavarrieta, el marino más temido por el almirantazgo inglés, donde se le conocía con el sobrenombre de Pegleg Aldmiral (Almirante Pata de Palo).

Tuerto, manco y cojo por heridas de guerra, Blas de Lezo es uno de los más destacados marinos de la historia española. Su intervención en Cartagena de Indias, según reconocen los historiadores ingleses que han tratado el asunto con objetividad, cambió el curso de la historia. El sueño del rey Jorge II de una América británica y anglicana bajo el poder de su corona se esfumó ante «la organización y puntería» del Pegleg Admiral.

Lamentablemente, Blas de Lezo también es uno de los héroes menos recordados y reconocidos por esa, a menudo, ingrata historia.


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