Pecados capitales

 Levantarse a las 12'30, bostezar largo y tendido (porque tendido sigo en el lecho), escuchar el rompiente de las olas en una mañana de sol y silencio en esta parte del mundo, ya abandonada por veraneantes y turistas aunque tenaz en el clima veraniego; recorrer descalzo el pequeño apartamento, tomar un zumo, derrumbarse en el sofá, perder media hora consultando el correo electrónico en el iPhone, las noticias de la una; bajar a la playa con el perro, pasear muy despacio (la índole bulldog de Odie ayuda en la demora), contemplar un rato el gran azul que hoy está de un azul como rampante, combado revoltoso bajo el sol que le acaricia la barriga; volver a casa más despacio todavía, despertarla...
-¿Qué hora es?
-Las dos menos cuarto.
-¡Dios mío! Esto tiene que ser pecado.
Pereza concretamente. Pecado mortal. Y contra pereza, ya se sabe: diligencia.
Esta tarde me embucho La diligencia de John Ford, penitenciado del todo.


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