Personajes, novela, historia...


En el tren, camino de la estación de Sants, conversaba con Jorge Navarro sobre las posibilidades literarias y como personaje novelesco del dictador Miguel Primo de Rivera. La burguesía barcelonesa celebraba su gracejo andaluz y se estiraba para llegar a la altura de su señorío jerezano. Lo animaron a acabar con el caos social y el pistolerismo anarquista (y patronal, aunque a esa parte del argumento no harían mucha mención), con la misma contundencia que lo proclamó vencedor en Alhucemas; y sobre todo: equilibrar el balance de lucros entre los terratenientes extremeños y andaluces y los hacendosos catalanes. En suma: poner orden y un poco de equidad en una España rota cuyo jefe de Estado era un pornógrafo pasmado ante el oleaje de la historia.

Se puso don Miguel a la faena y en seis años y ciento veinte días estuvo en condiciones de devolver a don Alfonso XIII una nación con las cuentas saneadas, la estabilidad social restablecida y el sindicalismo revolucionario conducido sin mayores traumas a los ámbitos de la legalidad. En esta última tarea, el partido socialista y la UGT le echaron una mano, seguramente la que más falta le hacía.

En cualquier país del mundo, Primo de Rivera sería hoy considerado un mediador social, líder bonapartista consciente de la temporalidad de su mandato que tras remediar el descalabro colectivo se retiró sin alharacas a los que deberían haber sido años  años plácidos de su jubilación. Sin embargo, el biempensar de los gestores mediáticos lo ha convertido en dictador a secas, baldonándolo además con una infamia imperdonable: haber sido padre de José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española. La ideología telecinquista es implacable. Le gusta más un vínculo familiar comprometido que a un gay un aeropuerto. Y su histeria es ley.

Murió en París el anciano dictador, y digo anciano no porque fuese viejo sino porque entre la mísera displicencia con que su majestad Alfonso XIII lo trató después del cese y la saña con que lo habían combatido y escarnecido los caciques del gran sur, se convirtió en un hombre desolado, abrumado por la melancolía y la soledad en su exilio por las riveras del Sena. Hay quien sostiene que falleció por causa de la diabetes (enfermedad que lo maltrajo toda la vida), y otros sugieren que su óbito no fue por motivos naturales. De lo que no cabe duda es de que, al final, recibió el castigo que aguardaba a quienes intensasen mediar en el avispero español de principios del siglo XX: la rabia, la venganza y el olvido.

Son ya varias las personas con las que he hablado y coinciden que en Barcelona (por parte de los pocos interesados en estos asuntos), se le sigue considerando un buen militar, un caballero jerezano que llegó por méritos propios a Capitán General de la región, persona de pronto ingenio e inclinado a solucionar controversias de manera pragmática, sin doctrina pero con principios. Así se le considera: un buen gobernante que libró a Cataluña, al menos durante unos años, de la codicia empresarial de "los nuevos ricos" y del furor descontrolado de las masas incendiarias.

Llegamos a destino, bajamos del tren y caminamos hasta el Ateneo barcelonés. La conversación quedó interrumpida en el punto más interesante: aquí, en torno a este personaje y estos hechos... ¿hay novela o no la hay?



A la izquierda, Jorge Navarro, autor de Las cinco muertes del barón airado

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