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Sin censo no hay derechos

Con prisas porque levantarse tarde tiene sus inconvenientes, me dirijo al ayuntamiento de Castelldefels para presentar en el registro una reclamación que, ingenuo de mí, creía que iba a ser tramitada por la Oficina Municipal de Información al Consumidor. Mas he aquí que surge el inconveniente: si no estoy censado en este municipio, ya puedo olvidarme del asunto. Es el principio de derecho romano solve et repete, pero en sofisticado: o te vuelves catalán o esfúmate, majo. Yo, claro, he intentado convencer a la funcionaria encargada de atenderme de que, para empezar, me apetece seguir siendo oficialmente gallego; y otra complicación no pequeña: está la política catalana muy liada, muy delicada, y llevo aquí poco tiempo, no conozco bien y podría meter la pata con mucha facilidad a la hora de las urnas, por ejemplo.


Pero nada. Sin censo, no soy cabalmente vecino. Empiezo a pensar que tampoco soy del todo ciudadano español, sobre todo si considero las trabas que me ponen en el centro médico, a causa del mismo obstáculo, para echarle un ojo de vez en cuando a mi salud (de momento pasable, a Dios gracias y muy amable por preguntar). Rubalcaba ha dicho hoy en el Congreso que es un imperativo moral darle la tarjeta de asistencia médica a los inmigrantes que llegan en patera. No estoy en contra, de verdad, pero el líder máximo óptimo de los socialistas podría preocuparse por la asistencia médica a los españoles de España encabezonados en su padrón coruñes, o de cualquier otro rincón de la patria cuya bandera oficiosa no lleve pegada la estrellita cubana.

Para aliviarme el berrinche, me he dirigido a la oficina de Correos, último bastión del rojo y gualda en estos territorios, uno de los pocos lugares donde se puede escribir la palabra "España" (concretamente en los apartados "Remitente" y "Destinatario" de los envíos), sin temor ni precaverse de que algún delator esté observando por encima del hombro. En la misma oficina me entregan lo último para leer, De pie sobre las ruinas, de mi amigo argentino Juan Pablo Vitali. El libro tiene un aspecto soberbio y eso (débil es la carne y más débil era el malestar), me alegra la mañana y el día entero.

Total, que no sé yo qué iba a decir... Sí, estaba por argumentar alguna moraleja sutil y atinada para esta historia cotidiana que no es historia apenas. El caso es que no se me ocurre otra cosa más que la siguiente recomendación: si estás cabreado, hazte con un libro que en verdad desees y a lo demás que le den dos cuartos de maní sin tueste. 

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