Dichosos infelices e infelices desdichados

Hay gente que es feliz porque carece del mínimo entendimiento y criterio y no digamos coraje para darse cuenta de que no es necesario pasarse la vida buscando argumentos que justifiquen su pretendida felicidad sino, más bien al contrario, intentando dar con uno solo que no la haga tan necesaria. Son felices porque no tienen luces para ser infelices. Y a la recíproca, hay personas que son muy infelices porque carecen del más rudimentario sentido de la proporción del mundo y están incapacitados psicológica, emocional e intelectualmente para resistir dignamente en el drama de la existencia. Para este subgénero, el pasado es una condena sin posibilidad de redención, el presente un acucio angustioso en espera de cualquier catástrofe y el futuro una incógnita tenebrosa, horripilante, donde puede conjeturarse todo mal y nada bueno ni medio bueno les aguarda.
No sé que es peor, más nocivo para quienes comparten su entorno con estas personalidades tóxicas: si ser feliz a tontas y a locas o infeliz por histeria sistemática. Ni lo sé ni me importa, para qué voy a disimular. Lo único que me interesa de este asunto de la felicidad y la infelicidad como objeto de preocupación constante es eso justamente: comprobar con cierto asombro cómo la mayoría de mis congéneres emplean su tiempo y energías en esta tensión para mí absurda. Ser feliz, ser infeliz, ser medio pirata y medio galeote en la nave que va y nunca regresa ... qué más dará. Yo, que ni soy feliz ni falta que me hace, llevo convencido desde los tiempos en que Fraga era ministro de Información y Turismo de que el camino más corto para alcanzar la amargura es empeñarse en ser feliz o obsesionarse en dejar de ser desgraciado. Disfrutar de la dicha mientras se puede y acomodarse sin dolor en la melancolía cuando corresponde, es talento de muy pocos. En él, aprenderlo, cultivarlo y mantenerlo, sí merece la pena emplear la vida entera. Que después es tarde y no hay ocasión a enmiendas.

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