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El cambio climático y los viejos del lugar

Lo del calentamiento global va a ser verdad, por lo menos en esta parte del mundo donde ahora habito. El verano se prorroga en una especie de otoño sin eñe, letra que siempre le ha dado mala prensa, convirtiendo esta noble época transicional en motivo de burdas rimas y chanzas groseras. Como diría mi poliédrico amigo Antonio Enrique, ahora vivimos como gatos panza arriba en lo mejor del "sol del membrillo", una quinta estación que ni es verano ni es el auctus annus de los clásicos, aquella gente que tenía tiempo de observar si las estaciones venían cabales o por su cuenta y riesgo en cuanto a fríos y sofocos.

Teorías hay varias. La que más me gusta: al haberse enfriado muchísimo los polos, el calor se concentra como acorralado entre trópicos y hemisferios. Otra: que el eje pepinal se está enderezando. Y la razón estadística: desde hace 75 años no se registraban en la provincia de Barcelona temperaturas tan altas en el mes de noviembre. Se toma nota de que "ni los más viejos del lugar recuerdan cosa parecida". Eso sí, lo viejos del lugar, con el rápido sentido común que confieren los años, aseguran que si hace siete décadas y media ya se daban fenómenos similares, el cambio climático no será tan sorprendente. Ni siquiera tan cambio. "Eso es que volvemos a las andadas", dijo un anciano castellfelense el otro día, en el paseo marítimo, antes de quitarse la sudadera, quedar
en camiseta deportiva y echar a correr sobre las plantillas con cámara de aire de sus Nike, persiguiendo la sombra ligera de sus 82 otoños voladiza sobre la línea del mar en una mañana radiante, típica de profundo y preocupante estadío interglacial.

Está claro que ni el tiempo es lo que era y los viejos del lugar tampoco.



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