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El violador de la antorcha

Graham Cooper, carnicero jubilado y miembro respetable de su comunidad en Aldington (condado de Kent), participó como relevista en el paso de la antorcha olímpica por su localidad, en julio de 2012. El evento fue retransmitido por televisión. Una espectadora lo reconoció: Cooper había abusado de ella, treinta años atrás. Detenido, interrogado y llevado a la presencia juidicial, el carnicero de Aldington reconoció tres crímenes de los que se le imputan. Se encuentra en libertad provisional, esperando ser sentenciado.

El futuro legal de este individuo no tiene la menor importancia. Quizás salga del apuro en consideración a su edad y el mucho tiempo transcurrido entre el delito y el esclarecimiento del mismo; quizás hablen a su favor los miembros de su club de pinacle o los feligreses de su iglesia; acaso caiga en manos de un/a juez de esos bondadosos que creen en la reinserción antes que en el castigo... En fin, ya te digo, Faramio, que un rábano y dos brevas importa lo que haya de sucederle a Cooper en el porvenir.

Lo que resulta más siniestro, en realidad escalofriante, es imaginar la existencia de esa mujer que fue violada hace treinta años, cuando era prácticamente una niña, y que ha conservado en su memoria, gravado como una cicatriz, el rostro de quien abusó impunemente de ella. De nada sirvieron en el pasado las denuncias que interpuso ante la policía. Su violador, anónimo y tan satisfecho, hacía su vida, abría cada día su comercio, iba a misa las fiestas de guardar y convivía pacíficamente con sus vecinos. Ella, por el contrario, sufrió la condena perpetua de transitar por su tiempo y edades con el estigma de la violación, la pesadilla del recuerdo, la impotencia de saber libre y sin sospecha a su agresor. Cuántas noches de inquietud, cuántos somníferos, ansiolíticos y antidepresivos, cuántas conversaciones a medio voz confidenciando su dolor y su terror a alguna amiga íntima, quizás un familiar... Por cuánta tristeza y cárceles del alma habrá pasado esa mujer, en qué desierto se habrá convertido su vida, y cómo habrá permanecido en ella ese recuerdo como una herida abierta para, al cabo de treinta años, distinguir en las facciones de un anciano el rostro revelado de quien la usó y la arrojó a la basura hace tres décadas, justo cuando ella acababa de dejar atrás la infancia y se disponía a la vida adulta con la ilusión de todos los jóvenes. Mas no pudo ser porque a un señor de Aldington, de profesión carnicero, le entró el capricho que le entró.

Dice Cooper que está "verdaderamente arrepentido y avergonzado". Como todo el mundo cuando lo pillan, no te jode. Anda y que lo metan en el trullo y echen la llave al mar... 

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