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Los nombres del mar

Hoy estaba perezoso como limpio el cielo. Después de muchos días de tormenta, lluvias y vientos bravos de esos que tienen nombre castizo, de gallo Caravaggio en la taberna del puerto, llegó la tranquilidad arriba en los cielos y abajo donde los paseantes buscan el sol por las aceras. Los poetas han puesto muchos nombres al mar, todos imposibles; irrepetibles porque sólo faltaba que lo confundiesen a uno con un poeta, o con algún prosista con inclinación ("tentaciones") hacia la poesía.
Los marinos y "gente de equipaje" también lo nombraron con muchos sustantivos, pero yo de barcos y nautas no entiendo a menos que las naves sean cóncavas y viajen a bordo aqueos de largas cabelleras. Los esquimales tienen cuarenta y tantas palabras para señalar la nieve y otras dos o tres docenas que describen los mares de hielo. De lo que se deduce lo evidente: los esquimales, históricamente, se han dejado caer poco por este mediterráneo.
Yo, alelado y soleado en un banco del paseo marítimo, no tengo palabras que digan mar después de la tempestad, en una mañana con la oposición sacada para ser descrita como "una luminosa y fría mañana de noviembre". No tengo palabras, es cierto, ni sé cómo se llama esa sensación, más bien anhelo de perpetuarme sentado en el banco y mirando las olas, un poco encogido por el frío, un poco deslumbrado por la fuerza dormida panza arriba de este mar de noviembre.

Qué pocas tan poquitas cosas sé. No me arrepiento.

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