Novelas de siempre, experiencia nueva

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Alguien dijo alguna vez que los novelistas, sobre todo llegados a cierta edad, siempre escriben la misma novela. No sé qué edad será esa, y me inquieta la alusión de "llegados a cierta edad" porque en el transcurso de todos los años que llevo dedicado a este oficio, la edad siempre fue asunto interesante para los medios, críticos, comentaristas y demás tribus ocultas cerca del río. Cuando se es muy joven, o joven a secas, o joven viejo tirando más a viejo que a joven, la cuestión es "lo autobiográfico". No se salva ni Dios de la pregunta aunque hayas escrito una novela ambientada en la China del Imperio Temprano: "¿Qué hay de autobiográfico en tu libro?".  Como dicen en Ponferrada: un coñazo. Luego, pasado el tiempo y las hojas del calendario, yo no sé porqué, a los preguntones les entra como pudor; deben de considerar que remover lo autobiográfico en un señor de, pongamos, más de cincuenta tacos, no queda bien; o no es interesante. ¿A quién gavinas le importa la (auto)biografía de un cincuentón? Todo lo que no sean estacazos y batallas de la juventud tormentosa (cuanto más tormentosa mejor), ni tiene relevancia ni hay motivo para arrebatarlo del decoro domiciliario y su refugio en la salita de estar. Mira, eso que vamos ganando con la dichosa edad: que nos dejen en paz con el dichoso autobiografismo (no sé si esta palabra existe pero aquí viene de molde).

Lo que sospecho, y no creo equivocarme, es que para los medios, críticos, comentaristas y demás tribus ocultas cerca del río, sí estamos siempre escribiendo la misma novela: preguntan lo mismo, se interesan por lo mismo, la leen igual de apurados y al final, casi sin excepción, escriben lo mismo sobre lo último que uno puso en los escaparates de las librerías. Sin embargo, para el autor, cada novela recién publicada es una experiencia completamente nueva. Siempre. Cada título convoca a distinta gente, despierta expectación en entornos diferentes, y llegan personas nuevas, de las que nunca habíamos oído hablar (igual que ellas de nosotros), con un entusiasmo renovado que, a su vez, alienta la ilusión por seguir escribiendo (y para qué vamos a disimular): por seguir publicando).

Con mi Almirante en Tierra Firme, recién echado a navegar, ya he tenido unas cuantas agradables, estimulantes novedades: el interés de la Liga Naval Española en Valencia por la figura de Lezo y el relato de sus hechos en Cartagena de Indias, transmitido con exquisita amabilidad por su subdelegada, Ania Granjo; la calurosa simpatía con que algunos amigos residentes fuera de España se han empeñado en recibir la novela; la constancia de escritores como José Luis Gastón Morata, Toño Llamas o Juan Pablo Vitali en leerme aunque, de suyo, me tienen ya muy leído; la generosidad con que algunas librerías y puntos de distribución han insistido en que mi Almirante llegue puntual a sus anaqueles; el ofrecimiento de algunas presentaciones que yo ni imaginaba posibles, como la que estamos preparando para el Ateneo Barcelonés.

Sí, publicar una novela es siempre una experiencia nueva. Y lo mejor de lo nuevo (abusemos del adverbio temporal; total, ni se inmuta), es que siempre conoces gente, lugares, ámbitos que estaban ahí, insospechados, y que ahora se vuelven acogedores como las páginas de un buen libro. Y ese es hoy mi disfrute.

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