Perro no come perro

Que un oso y un perro se peleen es lógico. Que un oso y un perro se coman a un excursionista es algo desagradable pero posible y en alguna ocasión ha sucedido. Pero que un oso ataque a un amante de la soledad en plena naturaleza, el perro que acompaña al senderista ponga en fuga al plantígrado y, poco después, el ecológico viajero acabe comiéndose al perro, es algo bastante insólito. Le sucedió al pobre perro de un tal Marco Lavoie, viajero por las inmensidades del Canadá virgen y salvaje (qué frío). El hombre se quedó sin provisiones y no tuvo más remedio que zamparse al pastor alemán que lo había salvado del oso. O sea, que el bravo chucho, antes de hacer lo propio,  libró dos veces a su amo andarín de irse al otro barrio. Que su sepultura fuese el estómago de este náufrago tierra adentro no añade más épica (más bien al contrario), a la triste historia. Son cosas que pasan cuando la gente sale al campo, como solía decir don Jacinto Benavente, a tontas y a locas.


Extenuado, hipotérmico, enflaquecido de dar grima, el aventurero recuperó la conciencia en un hospital de Quebec. Lo primero que dijo (dicen): "Quiero un perro nuevo". Hay gente que no aprende nunca, ni siquiera tras una experiencia tan extrema. No es un perro nuevo lo que necesita este gilipollas, sino un perro vivo. Para volver a matarlo y volver a comérselo cuando le entre otra vez el capricho de salir de excursión. Porque le entrará tarde o temprano, sin duda. Una de las características más notorias de los idiotas es que no saben estar en casa, tranquilamente. Si no van por ahí, haciendo el oso, no son felices.

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