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Princesas y leñadores

Llegaron las lluvias, como siempre. Desde hace bastantes años vivo en lugares donde, cuando llegan las lluvias, llegan de verdad. Hace una década, en el mismo Castelldefels donde ahora habitamos, Sonia y yo conocimos en cuarta línea de playa la célebre gota fría mediterránea, tan propia de estos lugares y otros que quedan a medio palmo en el mapa de España. Una noche el viento derribó el balcón de unos vecinos, la lluvia inundó todos los caminos de la Pineda y un rayo partió un árbol por la mitad. La mayor parte del enramado cayó a pocos metros del apartamento donde dormíamos.

El estrépito fue descomunal y la alarma de muchos vecinos considerable, tanto que algunos entraron en pánico e intentaron protegerse del vendaval abandonando sus casas para correr hacia quién sabía qué refugio. Me recuerdo asomado a la ventana, de madrugada, empapado por la lluvia, vociferando como si tronase para aconsejar a aquellos incautos que no abandonaran la protección del bloque de apartamentos, a fin de cuentas provisto de pararrayos. Al día siguiente, Sonia, que siempre ha sido de buen dormir, salió a trabajar muy temprano y se extrañó al ver un árbol caído que taponaba la salida del condominio. A su regreso, me preguntó con extrañeza: "¿Cómo se les ha ocurrido a los podadores del ayuntamiento ponerse a trabajar con esta lluvia, y por qué no han retirado la leña y las ramas?".

Nos ha llovido en Castelldefels y también en la planicie del Guadalquivir, donde la lluvia empieza y no se sabe cuándo va a terminar, y se pierde la cuenta de los días en que no han parado de verterse, como diría Emilio de Santiago, "las bañeras celestiales". Porque en Sevilla, dice Emilio con mucha razón, cuando se pone se pone y llueve a bañeras.

Nos ha llovido en Mallorca, donde cada vez que se alza el viento gélido isleño de primavera y cae la lluvia fría (no confundir con la gota fría, nada de gotas, lluvia a todo trapo), se acuerda uno del mínimo y enfermizo Chopin y comprende que su amada George Sand no pudo llevarlo a esos lugares para recuperar la salud sino más bien todo lo contrario: para rematarlo con un buen resfriado.

Nos ha llovido en La Coruña, un lugar tan amable que hasta la lluvia se hace como familiar, presente pero nunca abusiva, inofensiva como las moscas, el llanto del bebé de los vecinos y el ruido de las fiestas del pueblo; una molestia que en el fondo se convierte en un signo entrañable del lugar.

Nos ha llovido en muchos sitios, en muchas ciudades, y seguro que las tormentas y vendavales han dejado muchos árboles caídos a lo largo de todos estos años. Árboles como hojas del calendario, como señales seguras para la memoria. Ahora evoco esos árboles caídos, las estampidas en el cielo, las lluvias como mares y las noches de tempestad arrebujados bajo las mantas, y el instinto de guarecerse de la lluvia y las furias del Gran Arriba me conduce siempre al mismo relámpago, aquel que surcó los ojos cerrados de ella mientras dormía y soñaba que los leñadores de Castelldefels estaban derribando un árbol en plena noche, bajo el aguacero y sin más propósito que no despertarla.

Algo natural, por supuesto. Desde siempre, que yo sepa, ha llovido para todos. Y desde siempre los leñadores se han hecho leñadores para susurrar mentiras maravillosas en los sueños de las princesas.

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