Regreso a Howards End

Si la película es una producción inglesa, el guión adaptado de la novela Regreso a Howards End de E.M. Forster, los actores protagonistas son Anthony Hopkins y Enma Thompson, el director James Ivory, la dirección artística, fotografía, ambientación, decorados y vestuario acordes a semejantes medios principales, y la secuencia se desarrolla en un amable, luminoso restaurante de la campiña, en la Inglaterra victoriana, y los diálogos fluyen con naturalidad e ingenio, caracterizados y netamente subrayados los personajes con la minucia de un gesto, el detalle de una sonrisa, la inflexión de una mirada... Entonces todo es perfecto. Tiene que ser perfecto.

Si en el minuciosamente reproducido, esmerado restaurante, una orquestina interpreta música de fondo para amenizar el almuerzo a los comensales, y esa música es un tango...

Un tango en la Inglaterra victoriana es como el Cid Campeador en la batalla de Bailén. Un tango en la Inglaterra victoriana que suena y resuena como lecho de espinas sobre el que caen las palabras, los gestos, los ademanes, las expresiones de los actores, es un horror grande entre los más grandes. Un espanto, una grima. Un pecado tan puro como esos pecados que, de tan pecado como son, sólo pueden cometerse de pensamiento. Un gran crimen perfecto.

El tango fuera de época sacó de escena a los actores. Ridiculizó a los personajes. Jodió la tarde de domingo.

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