Los mejores lugares de 2013

De La Coruña, la cafetería Macondo, donde tan suculentos ratos de charla mantuve con Xosé Antonio López Silva y Ana, su mujer, y con Ramiro, tan grande y tan ameno como un bosque de cuentos antiguos, y tan despistado con móvil y sin móvil. Lo extravió, creo, en la librería O Moucho, situada en la mismísima calle de la Amargura. Más luego el aparato apareció en mi coche, aunque más que aparecer se hizo notar durante toda la tarde, tonando clandestino al son de mensajes y llamadas y poniéndome de los nervios mientras conducía hacia Arteixo, estupefacto, en alerta confusa por aquellos tonos inverosímiles, misteriosamente sepultados bajo el asiento. Por un instante creí que había empezado a escuchar voces extrañas, o mejor dicho, melodías extrañas de móvil, una locura más de nuestro tiempo que los clásicos susurros interiores del loco de siempre, el de toda la vida. Los tiempos cambian.


De Arteixo, la playa de Balcobo, donde aprendí que tomar el sol y guarecerse de la luvia son dedicaciones alternativas y a veces casi simultáneas, obligatorias si uno quiere morenear en aquellas latitudes del Atlántico.



De León, por una vez se cae de la lista la Pulchra Leonina y entra muy ufana y evocadora la plaza de la Pícara Justina. Un escenario bastante común para tomar la Cocacola más fría del año, el 14 de febrero, y encontrarme con la nomenklatura de Gratia de Amore, una agrupación que ha puesto de moda la música medieval y renacentista, sobre todo a raíz de sus apariciones en la serie Isabel de TVE-1. Lo que no salga en TV no existe; y lo que sale... sobrevive más o menos.



De Mallorca, la fabada que nos preparó el tío Enrique en su casa, su cocina y reino. La sobremesa fue especial: conseguí instalar  una colección de seiscientas obras literarias (dominio público, callen los malpensados) en su lector electrónico; de paso, configuré el ordenador recién estrenado de Mª Paz, un ingenio que funciona esclavo del disparate Windows 8. Al final todos llegamos a una conclusión razonable: o cambia de máquina otra vez o formatea el disco duro e instala un sistema operativo de personas, no de frikis colgados a las aplicaciones de Microsoft (si es que hubiera alguno en el planeta, cosa que dudo).



De Madrid, la estación suburbana de Plaza de Castilla, bajo las moles borrachas de Kío que ahora son las de Bankia (una premonición, sin duda, nadie con intenciones derechas se habría acomodado en hogar tan estrafalario). La mezcla de yuppies, mendigos, músicos callejeros, manteros, policías locales, viandantes presurosos, turistas, novios magreándose... ¡Es Madrid!



De Barcelona, Castelldefels. De Castelldefels, Viladecans (concretamente, la biblioteca) el día de la fiesta-presentación de Nómadas. Sirvieron unos turroncillos de chocolate que sabían a Proust en navidad, sin magdalena. De Viladecans, el regreso a Castelldefels en compañía de Felipe Sérvulo, la persona más amable que he conocido en los últimos años. Un poeta de los que ya no nacen, por cierto.



De Cataluña entera, el aeropuerto del Prat. La T-1, el mejor lugar del mundo sin duda alguna: hay un McDonalds y un Lizarrán estupendos, una terraza para fumar y pasear al fresco, unos servicios muy relimpios, pantallas de información sobre vuelos y cabinas en alquiler para recargar el móvil. Y lo mejor de todo: la mitad de las veces en que uno se encuentra allí, es porque se va.



De Berán, la niebla.



Las derrotas por lugares antes conocidos como extranjero, las cuento en otro post, el año que viene.

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