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Los trabajos y los días

Nosotros los que conocemos somos desconocidos para nosotros, nosotros mismos somos desconocidos para nosotros mismos...

Hay días en los que uno no hace nada y tiene la impresión de no haber hecho nada. O peor aún, días de actividad un poco bullanguera y otro poco zascandil que al final se recuerdan como horas perdidas, empleadas en naderías urgentes que siempre ocupan el tiempo de lo que es o debería ser importante.

Hay otros días en los que, sinceramente, apenas hacemos otra cosa que nada y sin embargo quedan en el recuerdo como jornadas memorables, como de recibimiento o despedida en una ceremonia solemne sólo para nosotros. Días en los que se escribe un párrafo, se escucha una pieza musical, se conversa con un par de amigos o se leen (quizás se releen), algunas páginas que nos devuelven la memoria de otro tiempo, cuando éramos lo suficientemente jóvenes para no dar importancia a lo obvio. Es posible que la diferencia sentimental entre la juventud y la madurez consista en eso nada más: la capacidad de ignorar verdades elementales que incomoden nuestro entusiasmo en el camino hacia lo que ahora somos. A nadie le gusta envejecer, pero nos convertimos en los mejores aliados del tiempo hasta conseguirlo.

Hoy he visitado dos líneas, sólo dos, de la Genealogía de la moral. He suspendido de inmediato la lectura para hacer lo que evité conscientemente hace tantos años: reflexionar sobre ellas y tomar unas cuantas notas. Ya no importa lo urgente. Tampoco lo importante es definitivo, pero suena mejor y colma más el transcurrir de un día entre semana que todos los afanes de este mundo, de aquel mundo que ya nunca nos va a cambiar.


Ilustración: "Venice Beach" de Elena León.

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La hora de Bizancio



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