La estatua

Se formó concurrencia en torno a una idea-engrudo: levantar un monumento a Blas de Lezo en Madrid. Como siempre, unos acuden generosos y sin nada que ganar o perder más que la satisfacción de haber participado en una iniciativa primorosa; otros ajustan balance de beneficios políticos, aunque aún podemos atibiar la esperanza de que nadie haga bandera con la figura histórica del almirante; y otros muy a lo lejos, como icebergs despistados bajo la noche atlántica, aguardan su oportunidad para el lustre biográfico, gracias al recuerdo de aquel marino cojo, manco y tuerto que salvó a Cartagena de Indias, Colombia y toda Suramérica de convertirse en la gran colonia anglicana de su majestad Jorge II.



Del ámbito de estos últimos ha surgido una frase pimpolluda y algo temeraria: “El día que se inaugure el monumento, alcanzado el objetivo, desaparezco de este trajín”. Muy claro lo van dejando: por el momento reclaman todo protagonismo, mas cuando las ideas se hayan concretado en piedra (o en bronce, que es más hueco), se acabó el sembrar. Imagino que imaginan el día después, tras los clarines y discursos, como tiempo de merecida cosecha. E imagino también, por tanto, que el proyectado monumento a Lezo es en realidad un monumento a sí mismos, a sus diligencias y afanes por convertir en ornato urbano la memoria de un hombre admirable como fue el Comandante General de Mar y Tierra en el reino de Nueva Granada.

Qué desvelo tan absurdo: suplantar la índole durable, inevitable, de la historia y las ideas que nunca perecen, por un recordatorio en piedra; transformar el sentido de una época y la importancia de una biografía en algo “tangible” (tan del gusto de nuestro tiempo), como un monumento; sustituir el vínculo indestructible con el pasado por una imposición permanente del recuerdo en forma de estatua plantada en una plaza o, no lo quiera Dios, en mitad de una rotonda.

Atenas fue un emporio monumental, Roma un derroche de edificios y construcciones memorables, y hoy día mucho habría que deambular por el planeta para ver tantas ruinas juntas, tanta derrota frente al paso de los siglos y el moho de los tiempos sobre colosales obras humanas. Sin embargo, qué cercanos y llenos de sentido nos llegan conceptos como “aristocracia”, “democracia”, “filosofía” (por poner algún ejemplo). Y hablar de Roma y su legado es como referirse a la humedad de la lluvia, empezando por estas humildes letras que figuran escritas en el latín del siglo XXI y que pongo de muestra porque es lo primero que me viene a mano.

Las ideas, la realidad presente que integra a su vez lo fáctico decisivo del pasado y, por su consecuencia, la pujanza de las civilizaciones y organización de las sociedades, en todos sus aspectos, son mucho más durables que una estatua. A la propia evidencia histórica, más bien arqueólogica, me remito. Obsequiar la memoria de Blas de Lezo con un monumento es una buena acción, pero reivindicar la biografía del almirante (quizás desagraviarla) con el hecho concluyente, cual final apoteósico, de una estatua, significa cambiar la transcendencia de la historia y lo inmortal de una vida ilustre por lo perentorio de una obra civil. Si ese es todo el pago que debemos a Blas de Lezo, saldamos la deuda con moneda poco sólida, por muy dura que sea la piedra y mucho que aguante el bronce los asedios de la posteridad. También lo saben los promotores de este homenaje: las estatuas son como la salud, van y vienen. Sólo la historia permanece, al menos mientras nosotros y los biznietos de nuestros biznietos mantengamos la voluntad de ser. La importancia indestructible de haber sido.

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