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El cable y la vida

No soy capaz de calcular cuánto hace que el moderno Prometeo dejó de llamarse Frankenstein para ceder, más bien rendirse a la evidencia, y renombrarse Bill Gates, Google, Apple, iPhone, tablet, 4G y cosas así. Un montón de cosas que necesitan un montón de cables para funcionar. Da lo mismo que todos esos cachivaches dispongan de batería y cierta, relativa, autonomía de servicio. Tarde o temprano hay que recargarlos y sin los cables de siempre y la electricidad de toda la vida resulta tarea imposible ponerlos en marcha.

Nuestros abuelos conectaban las clavijas a los enchufes con temerosa prevención, como quien se dispone a liberar y dar rienda suelta a extrañas y potentes energías incontrolables, una fuerza agazapada y aplicada al confort del hogar por la misma misteriosa razón que podría dejar de estar sujeta, desmandarse, soltar un terrible calambrazo y, en el peor de los casos, electrocutar al insensato que no guardase todas las precauciones a la hora de convocarla. Hoy, cualquier criatura de seis años enciende más interruptores y acciona más botones en una tarde que nuestros antepasados en un año. Necesitamos para vivir en lo cotidiano, es decir, para sobrevivir sin alteración, más cables que los utilizados en su tarea de resucitar a los muertos por el célebre doctor cuyas hazañas narrase Mary Shelley. La diferencia está en que la dependencia eléctrica no nos crea el menor conflicto existencial. Más bien al contrario.

Cuando le preguntaban por su creador, la criatura de Frankenstein se echaba a llorar o se enfurecía brutalmente. Si a cualquiera de nosotros nos preguntaran lo mismo mientras permanecemos en estado de conexión, podríamos responder lo que Jesucristo al fariseo: "A mi Padre lo conoces y el tuyo es el diablo". Y nos quedaríamos tan anchos, muertos de risa en la silla eléctrica (o el sofá eléctrico) de nuestra humilde felicidad casera.

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